Las reglas del juego [Reto #1. M.S.]

En respuesta al reto 1, aquí va mi pequeña aportación. A lo largo del día de hoy irán apareciendo también los relatos de mis compañeras y el relato número dos. 

Las Reglas del juego

No estaba convencido de lo que estaba haciendo. Allí, en medio de la nada, observando el ir y venir de las olas del mar que se presentaba delante de sus ojos como una masa oscura, informe, rugiente como si estuviera en mitad de la mayor de las tormentas. La brisa azotaba su rostro, desordenando el cabello oscuro que jugaba a hacer formas extrañas. Un escalofrío recorrió toda su espalda durante apenas un segundo. Y no era por estar con poca ropa.

— ¿Estás seguro?.

La voz de la mujer a su espalda hizo que se girara apenas un segundo para ver o, mejor dicho, intuir el rostro de la mujer que le acompañaba en aquella pequeña locura. Asintió. Un cabeceo apenas visible. Un gesto que indicaba en mayor o menor medida que estaba preparado. Respiró hondo una vez, notando el sabor salitre que se colaba en sus labios. Un sabor que conocía bien, muy bien. Ese mismo sabor que había sentido en los boca desde que era apenas un niño que no levantaba ni medio metro del suelo. Aquella era su casa. Aquel era su hogar.

Nada era imposible.

Se movió entonces con gesto inquieto y al final su cuerpo dio la espalda al mar que rugía detrás de él. Un paso, otro más, le alejaron de ese lugar mientras se dirigía hacia la puerta del bar que se encontraba no demasiado lejos. Su mirada, que en otro momento podía expresar calidez, en esos momentos era fría. Tan fría que la mujer que la acompañaba no pudo reconocerla. Era como si el hombre se hubiera convertido en otra persona. En alguien que vestía su carcasa de huesos y piel, pero que en el fondo era alguien muy diferente.

Nada más entrar localizó al otro hombre. Sintió la ira hervir en sus venas. Notó cómo el corazón comenzó a bombear más deprisa, cómo el cuerpo se preparaba para lo que estaba a punto de suceder. Apretó el puño una, dos veces, como si lo estuviera preparando para el siguiente paso. Recorrió el lugar como si no hubiera nadie más y es que para él todo lo demás se había esfumado. Una neblina roja había cubierto sus ojos, como si lo único que pudiera ver con nitidez fuera el rostro que se le antojaba burlón.

No esperó, su puño se estrelló contra el rostro ajeno y después, en un movimiento rápido lo arrastró por la camisa hasta estrellarlo contra la pared.

— ¿Sabes quién soy? — gruñó, porque no era capaz de hablar como una persona normal—. No lo sabes, ni te importa, ¿verdad? — añadió sin que tuviera tiempo de replicar, con el rostro a apenas unos centímetros de los del otro hombre—. Por tus putos juegos mi hermana está destrozada, desbastada.

— No es culpa mía si no respetó las reglas del juego — masculló el hombre, lamiéndose el lugar donde la sangre comenzaba a manar de un labio roto más por sus propios dientes que por los puños del hombre que lo sujetaba.

— Maldito cabrón — siseó entredientes, aumentando la presión a la altura del cuello y mirándole directamente a los ojos—. ¿De qué reglas hablas?.

— No te enamorarás, no entregarás tu alma, no te involucrarás más allá de pasar un buen rato.

— ¡Era inocente!.

— No te mientas a tí mismo— susurró mientras se movía ligeramente hacia delante a pesar de la tensión, alzando la diestra para separar la presión que sentía a la altura de la garganta—. Los dos sabemos que ella es de todo menos inocente.

Y allí apareció la duda. Esa hija de puta que hacía que todo temblara a su paso. La que provocaba que en esos momentos no estuviera seguro de lo que estaba haciendo, de si era lo correcto o no. Fueron dos segundos, los suficientes como para el otro hombre terminara por soltarse y le mirara directamente a los ojos durante unos segundos.

— Mientes — repitió aunque esta vez mucho menos convencido de lo que decía.

— Tu también eres un jugador de este juego — susurró, a su oído y después desvió la mirada, haciendo que él la siguiera. Y allí estaba, esa figura femenina que lo había acompañado. La misma que lo estaba esperando.

Y entonces lo supo: él también formaba parte de todo aquello. Asqueado, acompañado por la irónica risa del otro hombre, se movió para alejarse de allí ignorando a todo el mundo y sabiendo demasiado bien a dónde se dirigía: El mar era el único que no le juzgaría en ese momento.

Porque sí, él era uno de los mejores de ese juego.

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