# 3 Celtic Blood

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Damon

Ambos jadeamos por el esfuerzo y abandonamos la postura de combate. El sudor brilla en nuestros cuerpos, que claman por una ducha. Me giro y comienzo a quitarme las vendas de las manos. Mi humor sigue siendo bastante siniestro.

—Te noto estresado.

Percibo el matiz de diversión en su tono y le fulmino con la mirada. Pero Lucien es insistente, alza las manos en son de paz, y sigue bromeando—: ¡Eh! Soy yo el que no folló anoche y estoy de mucho mejor humor. —Mira mi cuello mientras lo dice y yo sé lo que está viendo ahí. Me preguntó si anoche estaba mirando. Creo que me ha quedado algún puñetazo por dar en esa jodida mandíbula burlona.

—Yo tampoco follé —digo, sin embargo, y cojo la botella de agua para beber. Lucien se pone serio.

Al principio fue el Sire quien me adiestraba, pero tras lustros de entrenamiento me convertí en un guerrero y fue a partir de entonces cuando empecé a entrenar con Lucien.

—Pensaba que habías ido tras tu hermano, cuando te di el aviso —dice como si nada, mientras coge su toalla y empieza a secarse el sudor del pelo, que lleva algo largo. No sé si sabe lo que hacemos Caell y yo o es un simple cambio de tema.

—Fui. Y no es mi hermano.

—Tu hermano de sangre, qué más da. —Hace una pausa cauta y continúa—: Supongo que sabes en lo que anda metido. —Me tenso imperceptiblemente. O eso espero. No quiero que ni siquiera Lucien se percate de lo que me afecta, aunque creo que es demasiado tarde para eso. Oigo, más que veo, su sonrisa.—Si quieres seguir con esa actitud, me parece bien. Sólo dime si he de seguir jugándome el culo por él o por ti.

Le miro con una mezcla de emociones en los ojos, ninguna de ellas buena.

—Tu hermano anda metido en algo sucio. Más de la mitad de la guardia del Consejo está tras sus pasos, los Antiguos saben que está muy cerca de la cúpula rebelde. Si al final resulta ser él el Sanguinario…

—Yo mismo lo mataré —atajo.

Él arquea una ceja, sarcástico e insolente. E incrédulo.

— ¿No me crees?

—Se avecina una guerra —comenta, como si nada. —Los de arriba están nerviosos. Juega bien tus cartas. —Me mira muy serio.

—Avísame si alguno de los guardianes va tras él.

Caell sólo puede morir en mis manos.

Él asiente.

—Te veo en la reunión —se despide.

Recojo mis cosas y subo a mis dependencias, en busca de la ducha que me hace falta. Entro en mi habitación y comienzo a desnudarme, dejando la ropa conforme cae. Cuando estoy frente al espejo del baño, me apoyo en el lavabo y aprieto hasta que los nudillos se marcan blancos en mis manos.

Hace siglos que no reconozco la mirada que me devuelve el espejo, pero he aprendido a convivir con ella. Lo hago muy bien. Muevo el cuello hacia un hombro y al otro, y cruje. Estoy tenso de cojones. No solo de frustración sexual —no me han dejado ni un maldito segundo siquiera para aliviarme lo de ayer—, sino por el maldito cabrón.

¿Por qué ha vuelto? ¿Qué coño quiere? ¿Qué mierda hace mezclándose con esa gente?

Niego con la cabeza para sacudirme todos los interrogantes de encima y me dirijo a la ducha. No creo que pueda salvarle el culo mucho más, pienso y no profundizo en la razón que me empuja siempre a hacerlo ni el riesgo que corro. Esa puerta se cerró hace mucho tiempo.

Bajo el chorro de agua recuerdo el odio brillando en sus ojos la noche anterior, y me recreo en él porque es el que alimenta el mío propio. Todo parte del día en que nos secuestraron —algunos dirían “reclutaron”, pienso cínico— y nos convirtieron. Cierro los ojos y meto la cabeza bajo el chorro rehuyendo los recuerdos, pero estos me golpean como cada vez que Caell y yo nos encontramos.

El rapto, el miedo, la transición, el dolor. Las palizas a Caell, mientras yo disfrazaba mi furia. La separación y la soledad. La insufrible soledad. La decepción al esperar que se pusiera en contacto conmigo, si alguna vez había significado algo para él. El dolor más agudo, mezclado con el resentimiento, cuando jamás lo hizo. El odio en su mirada y en la mía cuando, al fin, volvimos a encontrarnos.

˜˜˜˜

La reunión del Consejo es tan aburrida como de costumbre. Lucien tiene razón: los Antiguos están nerviosos. Les pica en la piel lo mismo que nos pica a todos: la guerra incipiente, el fin de la armonía establecida. Establecida por ellos, naturalmente. Hay muchos vampiros hartos de los abusos, pero para que haya paz, a veces, es necesaria la crueldad.

Alzo la vista un momento y miro al Sire, ahí sentado con sus congéneres, todos unos repeinados y estirados, con los ojos tintados de superioridad y vileza. Los que dirigen el camino de la raza sin mover sus culos empolvados de sus asientos de terciopelo. No obstante, las apariencias pueden llevar a engaño, saben luchar, aunque nunca lo hagan. El Sire, al menos, sabe. Una ola de repugnancia sigue recorriéndome el cuerpo cada vez que mi mirada se posa en él, aunque es peor cuando son sus ojos los que se posan en mí.

No he vuelto a dejar que me toque desde aquella vez y sé que solo se me permite estar aquí porque otros valoran mis cualidades como guerrero. Estoy seguro de que piensa que he “olvidado” lo que me hizo a cambio de mi privilegiada posición como guardián del Consejo.

No sé cuáles son mis propias razones para permanecer aquí. Inercia, supongo. No conozco otro sitio ni otro modo de vida. Y esa llama en un lugar muy oscuro dentro de mí que arde solo a la espera del día que pueda mirar al Sire mientras la vida abandona su cuerpo por mi mano, de forma tan cruel como el demonio que habita en mí crea posible.

Primero el Sire, luego Caell. Las dos razones por las cuales soy el desgraciado hijo de puta que soy.

La reunión termina con las órdenes para el día siguiente. Redoblar seguridad de los Antiguos. Afinar nuestras indagaciones; varios guardianes tienen que lograr infiltrarse entre los núcleos rebeldes. Vigilar de cerca a Marcus y Lea. Obtener información, cualquiera que sea, sobre el individuo conocido como el Sanguinario.

Mientras camino de nuevo hacia mis dependencias, me pregunto si Caell sabrá quién es. Mis sospechas sobre si estaba o no relacionado con los rebeldes se confirmaron ayer cuando entró en ese antro de mala muerte del puerto. Claro que luego no le pude preguntar nada más, pienso al tiempo que me rozo con los dedos la contusión ya casi curada de uno de sus puños sobre mi boca. Cuando nos sorprendió ese otro vampiro en la callejuela, me desmaterialicé al tejado y afiné el oído mientras me guardaba la polla en su sitio, con intención de obtener información. Pero Caell sigue siento tan inteligente como siempre, sonrío al pensarlo, y ambos se largaron de allí antes de decir nada.

Podría haberlo seguido. Podría haberlo hecho. No sé por qué no lo hice.

“Juega bien tus cartas”. El consejo de Lucien vuelve a mi cabeza, mientras me desnudo para acostarme en mi cama. Está amaneciendo.

Intento dormir, pero no puedo. No me engaño en cuanto a la razón de mi desvelo.

Es él.

No ha venido a Londres por mí, pero no puede evitar pasar, como si nada, a saludarme, darme una paliza y echarme un polvo, de paso. Sonrío, cínico. Así funcionan las cosas entre nosotros. No sé bien qué nos mueve, el odio, el desprecio… el jodido deseo…

Estoy duro de pensarlo.

Ayer al final no pude echar un polvo como dios manda, a pesar de la elevada carga sexual y violenta de la noche. La violencia y el sexo. El sexo y la violencia. Y Caell…

Las dos experiencias más jodidamente eróticas de mi vida están relacionadas con él: mi desvirgamiento (y el suyo), y la primera vez que me mordió para beber de mí.

No quiero correrme pensando en él, pero hace mucho tiempo que no lucho contra ello. Sencillamente, dejo que suceda y luego lo olvido.

Ah, pero no es él, es él. Aquel chaval risueño de diecinueve años, pelo oscuro y mirada intensa. Ese con el que compartía risas y borracheras, peleas y mujeres. Me cojo y comienzo a mover mi mano sobre mi polla como hacía él entonces. Apenas unos muchachos con mucha curiosidad por el sexo. A menudo nos habíamos masturbado juntos, en un pajar viendo cómo dos caballos copulaban; junto al río, mirando a las muchachas del clan vecino ligeras de ropa y mojadas. Hasta que un día intercambiamos nuestras manos… Sólo por probar… Me cogió y quise hacer lo mismo. Mi mano sobre su sexo, la suya sobre el mío. Aquello era infinitamente mejor que hundirse en una muchacha. Al principio fruncí el ceño, pero cuando lo miré no pude evitar que una sonrisa amplia y carnal se dibujara en mi cara…

Caell me coge en su mano y creo que estoy a punto de reventar. Me ha visto correrme mil veces, pero no estoy seguro de que quiera que lo haga en su mano. Quizá sí, porque cuando ahogo un gemido me besa e intensifica la caricia. Yo hago lo mismo, porque no sé qué me pone más duro, si lo que él me está haciendo… o lo que yo le estoy haciendo a él. Es grande y suave. Lo de grande, lo sabía. Lo que no sabía era que fuera tan suave y tan duro, como acero recubierto de seda. Él también gime en mi boca y me aparto para verlo. Joder, es tan condenadamente sexual… Miro mi mano, subiendo y bajando sobre su polla y sus jadeos me vuelven loco. De su punta brota una gota transparente y el deseo de chuparla se me antoja insoportable. Lo miro a los ojos mientras bajo, diciéndole sin palabras lo que quiero hacer… y él asiente. Solo ese leve movimiento de su cara dispara un rayo de placer por toda mi espina dorsal, directo a mis pelotas. Saco la lengua, nervioso, porque es la primera vez que hago esto en mi vida, y lamo su punta. Siento como su sexo vibra en mis manos ante esa sutil lamida y eso me envalentona. Deseo esto. Él también. Nada más importa. Me lanzo a ello, lo chupo, lo lamo y succiono. Me lo meto en la boca, chupo fuerte y él aprieta su agarre sobre mi propio sexo, luego lo suelta, abandonándose. Yo me sumerjo en las sensaciones, porque por primera vez siento que el placer de la otra parte, es mi propio placer. Y sus gruñidos y jadeos me envalentonan, porque jamás, con nadie, he visto a Caell así. Es como si fuera yo, yo y no lo que le estoy haciendo. Es porque soy yo quien se lo hace.

—Para —me pide—. Para, Niall… joder… —Me sujeta la cabeza y me aparta, tirando de mi pelo.

Yo lamo su muslo, jadeando.

—Hazlo, Caell… Quiero que lo hagas… —musito sin mirarlo.

Él jadea también. Como no dice nada, arriesgo una mirada y la lascivia que veo en sus ojos convierte mi sangre en lava ardiente. Sin dejar de mirarlo a los ojos, vuelvo a bajar la cabeza y lo vuelvo a meter en mi boca. Él cierra los ojos, deja escapar un gruñido y yo pierdo la cabeza. Me doy a ello, saboreándolo hasta que siento los chorros calientes golpear en mi garganta y sus gritos acarician mis tímpanos.

Cuando termina, no trago lo que ha dejado en mi boca. Caell me mira de una forma nueva y familiar al mismo tiempo, ese deseo encubierto que es el mismo que siento yo. Sin despegarme de su mirada, suelto su semen en mi mano y la bajo hasta mi polla, acariciándome con lúbrica intensidad. Con la otra mano, le empujo para darle la vuelta, pero él sabe lo que voy a hacer y se resiste. Forcejeamos entre gruñidos durante unos minutos, hasta el límite en que pienso que vamos a llegar a las manos. Me doy cuenta de que no quiere y apoyo mi frente, jadeando como un imbécil, sobre su hombro. Me siento avergonzado a pesar de nuestra confianza. Su rechazo…. mi polla brillante y a punto de explotar… creía que…

—Niall… pronuncia suavemente, al tiempo que enreda una mano en mi pelo y baja la otra hasta mi sexo. Gimo cuando empieza de nuevo a masturbarme, lento. Alzo la cabeza y le miro, y entonces comienza a recostarse, arrastrándome con él. Me lanzo sobre su boca, el deseo me puede, enloquezco cuando nos besamos con las bocas abiertas, las lenguas húmedas, los jadeos entremezclados. 

Sin soltarme, lleva mi polla hasta su entrada. ¿Qué? ¿Ha sido mi rendición lo que ha provocado la suya? El deseo arde en su mirada. Vuelve a estar tan duro como una roca.

— ¿Has hecho esto antes? —me pregunta con una nota divertida en su tono de voz.

—No…

Resopla una risa, nervioso. Como yo.

 —Mierda, Niall…

 Gimo cuando mi punta roza su entrada. Y él gruñe cuando introduzco el glande, así que me paro en seco, casi temblando de la anticipación, el deseo y el placer.

 —Sigue Niall —me dice entre jadeos, al tiempo que comienza a acariciar su polla, completamente excitado—. No soy ninguna nenaza Te deseo…

 Y esa última palabra se rasga en su garganta cuando entro entero de una sola embestida, lenta pero firme. Dios, el puto paraíso.

—Yo también te deseo, Caell… —Me muevo dentro de él y de su garganta surgen los gemidos que conforman una bella melodía junto con los míos. Está apretado, caliente, un placer oscuro me corre por las venas y no puedo hacer otra cosa que moverme sin dejar de mirarlo. Caell siempre ha sido una criatura sensual, pero conmigo dentro lo es más. Yo quiero ser como él… quiero sentir lo que él… —Te quiero dentro… musito sin saber siquiera lo que digo, apoyo mi frente en su pecho, donde su corazón atrona, y entonces siento de nuevo sus chorros calientes contra mi pecho y mi abdomen esta vez, mientras jadea mi nombre una y otra vez, y me corro de una forma tan bestial que el placer es bruto, sin ambages, casi insoportable…

…Me corro en mi cama solitaria, entre lujosas sábanas de satén, añorando la tierra que arañó mis rodillas y las manos que empujaban mi culo, animándome. Casi sumido en la inconsciencia del sueño, resoplo una risa involuntaria al recordar que al día siguiente ninguno de los dos nos podíamos sentar.

Caell

Una boca caliente y húmeda sobre mi polla. De mi garganta sale un sonido gutural y escucho una suave risa. Abro los ojos y sonrío. Niall… Mi querido Niall… Lo sujeto por la cabeza y lo obligo a subir hasta mi boca.  Me deleito en mi propio sabor y, antes de que pueda protestar, me coloco sobre él.  No protesta, sonríe con anticipación y abre las piernas para mí. Me inclino y lo beso.

—    Te amo…

Es la primera vez que lo digo. Tengo miedo de que me rechace, pero no hay rechazo, sólo un suspiro y no necesito más. Mojo mi mano con saliva y luego mi polla. Me introduzco en su interior. Tras un rato jugueteando está bastante estirado y eso me pone más cachondo aún. Ambos gemimos y él alza las caderas, incitándome a continuar. Embisto más rápido, mientras el sonido de carne contra carne inunda el granero. Niall lleva una mano a su propia polla y comienza a masturbarse. Sabe lo mucho que me gusta verlo, el placer que me produce contemplar su cara absorta, enrojecida por el esfuerzo, el cuerpo sudoroso y su polla a punto de reventar…

Me corro dentro de él al mismo tiempo que él se corre en su propia mano salpicándome de paso. Abre los ojos y me mira con el placer reflejado en las dilatadas pupilas. Sonríe y le devuelvo la sonrisa mientras salgo de él y me dejo caer a su lado. Nuestras respiraciones acompasadas, agitadas.  Las sonrisas de satisfacción, acrecentada esta por el conocimiento de nuestros propios cuerpos.  En un rato, cuando nos recuperemos, será él quien me folle a mí y yo me abriré a él igual que siempre: sin reservas, con confianza y con el corazón en la mano.

~

Despierto sobresaltado y… empalmado. Maldigo en veinte idiomas y siete lenguas muertas y golpeo la almohada. ¡Maldito Niall!

Me levanto de un salto. Sé que debería satisfacerme antes de moverme de la cama, pero me niego a hacerlo pensando en él. Es un acto hipócrita, porque no sería ni la primera vez que me masturbase pensando en él. Pero en estos momentos me niego a hacerlo. No quiero comportarme como una bestia en celo porque ya tuve bastante de eso durante nuestro breve encuentro.

Sonrío con lascivia al recordarlo y me golpeo a mí mismo. Toca ducha fría. No pienso pasarme el día con la polla en alto por culpa de ese cabrón. Me meto debajo del agua y… ¡Joder! Se me congela hasta el alma.

¡Maldito Damon! ¡Maldito Londres! ¡Maldito enero! ¡Maldito sea el mundo!

Salgo de la ducha temblando, pero al menos la erección se ha ido a tomar viento fresco. No así mi mal humor.  Cualquiera que se ponga por delante disfrutará de mis puños.

Decido que es mejor que vaya hasta la Comunidad, a ver qué se cuece por allí. Hay un grupo de neófitos en el gimnasio, los demás vampiros han salido a alimentarse, lo que me recuerda que tengo que cenar antes de regresar a casa.  Uno de los jóvenes me señala y se ríe, mientras que otro, el más gallito, se pone en pie y se acerca a mí con chulería.

—    ¡Eh, tu! El follapijos… ¿qué haces aquí? — Lo fulmino con la mirada y él ríe, alentado por sus amigos — No sabía que te gustaban las pollas…

Lo ignoro. Prefiero ignorarlo a matarlo, que es lo que realmente me apetece hacer.  Me dirijo al otro extremo del gimnasio, pero escucho sus insultos desde el lugar donde estoy entrenando. Así que me levanto, me acerco al grupo y  estampo mi puño en la cara del neófito que lleva media hora tocándome los cojones.

—    Sube al cuadrilátero. Si tienes el valor de insultarme aquí, deberías tenerlo también para enfrentarte a mí ahí arriba.

El muchacho me mira horrorizado y yo sonrío con maldad. He encontrado un pequeño desahogo en ese estúpido que va contando a quien quiera escucharlo que me follo a uno de los enemigos.

Sam es un bocazas.

El muchacho va a morir hoy en mis manos. Así es como se acallan los rumores. Neófito arriba, neófito abajo, da lo mismo. Siempre se puede convertir a alguien más y entrenarlo. Además, vampiro muerto, vampiro que sirve de ejemplo para enseñar a los demás que a mí no me toca los cojones nadie.

No quiere subir.  Da un par de pasos hacia atrás, pero yo soy más antiguo y más rápido que él, así que lo sujeto por la camiseta y lo arrojo dentro del  ring. Gatea intentando salir, pero de un salto entro en el cuadrilátero y lo detengo.

—    ¿Vas a comportarte como una nenaza? — Le muestro los colmillos — ¿O vas a darme una buena pelea?

—    ¡Caell! — Me vuelvo sobresaltado al escuchar mi nombre. La sorpresa hace que suelte al neófito, que se escapa corriendo — Acompáñame.

Es mi Maestro.  El hijoputa que me recogió cuando el vampiro que me creó me dejó medio muerto  en medio de ninguna parte para que muriese con los primeros rayos de sol. Él me llevó consigo a su dōjō, donde me enseñó a controlar la sed y lo básico para ser un vampiro. También artes marciales y toda esa mierda zen.

Lo sigo. Si me niego estoy perdido, así que abandono el cuadrilátero con la promesa mental de que le cortaré el cuello al neófito. El que Sensei esté aquí  es algo tan poco habitual, que me preocupa.  Si el Consejo lo ha hecho venir, es que están intranquilos. Casi nadie sabe que él me ha entrenado y, aunque lo supiesen, ¿qué podrían hacerle? Es un vampiro demasiado poderoso como para deshacerse de él y, ya que no se moja por ninguno de los dos bandos, no representa un peligro para nadie.

Camina con paso calmado por nuestro jardín. Bueno, llamarlo jardín es demasiado generoso.  Yo suelo llamarlo jungla, pero como no vivo aquí, me importa un bledo su estado. Sensei, sin embargo, mira las plantas con tristeza.

—    Supongo que has visto a tu hermano.

—    No es mi hermano.

—    Lo es desde que tenéis un padre común.

Resoplo con fastidio.

—    El maldito vikingo no es mi padre.

Él eleva los ojos al cielo suplicando paciencia y yo sonrío al recordar las veces que ha tenido que hacer lo mismo para lidiar conmigo.

Ya lo he dicho: no soy una persona fácil.

—    Lo que tú digas. — ¿Qué? ¿No va a discutir conmigo?¿No va a soltar una disertación sobre la familia vampírica y los lazos de sangre? Eso sí es preocupante — El Consejo se ha reunido hoy y he visto a tu… a Damon. No parecía tener mejor humor que tú.

Resoplo de nuevo, pero esta vez divertido. No, seguro que no está de mejor humor.

—    ¿El Consejo se ha reunido? — Él asiente y yo sé que no debo hacer preguntas. Sensei jamás me contaría lo que se habla en esas reuniones — Bueno, supongo que con tantos viejos reunidos habrá sido un coñazo. Tendremos que usar mucho ambientador para quitar el olor a moho y rancio de Londres — Sacudo una mano delante de mi nariz como para eliminar el olor y lo miro malicioso.

Él me da una colleja y yo río. Ryu , que así se llama Sensei, sonríe divertido y sacude la cabeza.

—    El Sanguinario estuvo en Japón hace unos seis meses. Asesinó a siete antiguos. Pensé que sería mi final, pero no se acercó a mi dōjō.

Me encojo de hombros.

—    Quizá le tiene miedo.

Él me mira suspicaz.

—    ¿Conoces a ese vampiro? — Niego con la cabeza — ¿Seguro?

—    ¿Es que acaso cree que soy yo?

—    No. El Sanguinario tiene que ser alguien muy frío y organizado. Justo lo contrario que tú.  — Palmea mi brazo con afecto — Sólo vine a despedirme. Regreso hoy a Japón.

—    ¿Ya? ¿Y cuándo ha llegado?

—    Anoche. — Sonríe — Fui a buscarte, pero cuando te vi estabas demasiado ocupado con tu hermano. No quise interrumpir el acto de… mmmm… amor.

Nunca creí que un vampiro pudiese sonrojarse, pero qué cojones… ¡ Estoy rojo como la grana!  Sensei ríe y desaparece frente a mí que, por primera vez en mi vida, me he quedado sin palabras.

Salgo del jardín pensativo. Damon y yo debemos cuidarnos, mantenernos alejados, porque si alguno de los suyos lo descubre…

Sacudo la cabeza.

No es asunto mío si lo descubren.

Pero…

Suelto un gemido de frustración y abandono el jardín para internarme en las calles de Londres.

Siempre que veo a Damon acabo confuso como el demonio. No soy tan hipócrita como para decirme a mí mismo que no siento nada por él, pero el odio puede con cualquier rastro de sentimiento que haya guardado hasta ahora.

Lo detesto.

Lo amo.

Lo deseo.

Pero el odio puede más.

Me dirijo hacia mi casa con las manos en los bolsillos y aspecto enfurruñado.  Aunque los rebeldes viven en un par de casas, todos juntos para protegerse, yo prefiero la soledad de mi apartamento. Todavía no consigo acostumbrarme a las normas de la Comunidad. Da igual que yo la haya creado, porque todo lo que signifique relacionarme con otros vampiros… bueno, no lo llevo demasiado bien.

Sonrío pensando en la forma en la que me ve mi querido Maestro. Y es bueno que me vean así, como un tipo sin la capacidad suficiente como para ser el Sanguinario. Sin embargo, soy ese ser que tiene el  poder suficiente como para cargarse a los Antiguos. Me he encargado de cultivarlo día a día durante siglos. Los he observado y lo he aprendido todo sobre ellos: sus debilidades, sus pasiones, sus perversiones… sin embargo, hay algunos a los que me cuesta más investigar.  Aunque lo conseguiré.

Me echo a reír. Seguro que algunos de los humanos que pasan por mi lado me consideran un demente. Pero no me importa. El hecho de inquietar a esos viejos rancios me hace feliz.

Nunca debieron haberme convertido.

Nunca debieron separarme de Niall.

Cerca de mi casa veo a una muchacha preciosa. Es muy joven, quizá unos veinte años, pero parece haber vivido mucho. Demasiado. Las jóvenes de ahora son todas así, parecen mucho mayores de lo que en realidad son a causa de esas ansias de comerse la vida a bocados. A mí me parece estupendo, porque así mi conciencia no me molesta cuando las echo de mi cama. Además, huele bien. Sin duda será una gran cena. Me acerco a ella con una sonrisa y, tras tontear un rato, me la llevo a un callejón. Hoy no estoy de humor para seducir a nadie, así que no habrá habitación de hotel, sólo un polvo rápido para disimular el hecho de que me alimento de ella y luego la olvidaré.

Tiene prisa. Las manos van directas a mi bragueta. No hay problema, cuanto más rápido mejor. Saca mi polla con rapidez y, con la misma prestancia que ha mostrado ella, se pone dura. Sonrío sobre sus labios ante su sorpresa por la rápida reacción y, sin duda, por lo fría que es mi piel. Le levanto la falda y, en un gesto de impaciencia, me deshago de su ropa interior rasgándola. Ella gime. Es de las que disfrutan con el sexo duro. Bien, porque no voy a perder el tiempo con tonterías. La sujeto por las nalgas y la elevo hasta que rodea mis caderas con sus piernas. La apoyo contra la pared y la ensarto al tiempo que clavo los colmillos en su tierno cuello. Sabe a comida basura y a coca cola, a juventud y drogas de diseño.  Me empujo dentro de ella hasta que consigo el desahogo que he buscado todo el día. Me importa muy poco si ella lo ha conseguido o no, porque sigo de mal humor: puede que haya conseguido el orgasmo, pero desde luego no es lo que realmente necesito. Eso sólo puede dármelo una persona y eso no volverá a ocurrir.

Paso la lengua por las heridas de la chica y la dejo en el suelo. Le tiemblan las piernas, pero no es por el orgasmo que no ha alcanzado, sino porque he bebido demasiado y está débil. Pero no pienso ocuparme de ella, porque tengo otras cosas que hacer.

Abandono el callejón y me dirijo hacia mi casa. Voy dando un rodeo y eso incluye pasar por un parque casi desierto a estas horas. Tan sólo algún vampiro o algún que otro humano realizando transacciones ilegales. Un par de putas me sonríen con bocas desdentadas, mientras su chulo las observa muy cerca. El tipo está oculto en las sombras, pero su pestilente olor llega hasta mí. Rechazo las insinuaciones de las mujeres y aprieto el paso. Me están siguiendo. Sin duda quieren saber dónde vivo, pero no les permitiré saberlo. Sonrío divertido. Se acerca una pelea y eso me pone.  Estos del Consejo no tienen ni idea de con quién están jugando. Envían tras de mí a dos secuaces que no deben tener demasiado claro el concepto de discreción. No es que sean ruidosos, no, es que apestan a sangre fresca.

Giro a la izquierda, luego a la derecha, de nuevo a la izquierda, sigo recto, derecha, izquierda… et voilà, llegamos al   final del parque, justo donde están los columpios. Me siento en uno de ellos y comienzo a columpiarme mientras silbo una tonadilla irlandesa que escuché en algún lugar que ahora no recuerdo. Hasta mí llega el sonido del coro de una iglesia cercana. Me sorprende que estén ensayando a esta hora, pero no me hago preguntas. Los humanos son demasiado extraños como para tratar de entenderlos.

Los vampiros empiezan a impacientarse y una sonrisa sardónica asoma a mis labios.

Uno de ellos se muestra, impaciente y cabreado por mi actitud. Detengo el columpio y le hago un gesto para que se acerque. Es un gesto cargado de chulería y desdén. ¿Es que acaso no saben que un tipo como yo siempre está preparado para una buena pelea? ¡Joder! Es mi cabeza la que está en juego, no mi virginidad.

Me ataca y lo esquivo con facilidad. Me río. Sé que no le resulta fácil ser humillado por alguien a quien considera escoria. Y su amigo lo entiende y acude a protegerlo, pero es tarde. Una daga de oro sale directa de mi mano para clavarse en el pecho del primer vampiro. Me vuelvo hacia el segundo y, antes de que pueda salir corriendo, hinco mis colmillos en él. Su sangre sabe exactamente igual que la del vikingo que me creó. Puede que hayan pasado siglos, pero no he podido olvidar el sabor a mierda del cabrón.

No voy a matar a este. Mientras me mira estupefacto, me inclino para recoger la daga y la limpio en su ropa. El otro vampiro se ha convertido en ceniza.

¡Estúpidos neófitos! Si su labor era vigilarme, ¿por qué tienen que entrar en combate?

—    No te voy a matar. — Le digo con impaciencia — Al menos no hoy.  No es culpa tuya que tus superiores sean unos memos. — Le palmeo el hombro y miro las cenizas — Diles que la próxima vez envíen un cazador en condiciones. Los neófitos que envían siempre no me sirven ni para empezar.

Me alejo del joven asustado hasta la muerte y salgo del parque. Esta noche dormiré en un hotel. No voy a poner en peligro mi guarida. No sé si han enviado a mi hermano tras mi rastro mientras me distraían con los neófitos. Y, si Damon desea ocultarme su presencia, lo hará igual que yo se la he ocultado a él tantas veces.

Sí, lo mejor será hospedarme durante un tiempo en un hotel y utilizar intermediarios para llevar a cabo mis… negocios.

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