#4 Celtic Blood

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[DAMON]

Estoy oculto en lo alto de uno de los grandes árboles del parque londinense, agazapado en una rama, y lo que veo bajo de mí no me gusta nada. Pero no me sorprende. Esta noche, nada más levantarme, he visto el mensaje informándome de que Scott, otro de los guardianes, iba a ir tras Caell para conseguir información. El muy estúpido ha enviado a dos neófitos para hacer el trabajo. Será gilipollas. A veces me pregunto con qué mierda de gente trabajo. Mi hermano no ha tardado ni dos minutos en reducirlos, diversión de por medio. Reconozco que lucha bien, pero no por lo que he visto con ese par de críos. Yo mismo lo he probado en multitud de ocasiones.

En cuanto el neófito sale corriendo y Caell empieza a caminar, suspiro, cansado. Tendré que hacer el trabajo yo mismo. Me desmaterializo y materializo todo el trayecto a su alrededor, para que no sienta mi presencia. Sin embargo, Caell tiene la mosca detrás de la oreja. Es listo. Y la cosa se confirma cuando lo veo entrar a un hotel.

Hijodeputa.

La frustración me invade. ¿Dónde coño vive el majadero éste? Sé que debería dar el asunto por perdido hoy y volver al centro del Consejo. Pero no. Hay algo más que me pica en la nuca. Así que tomo nota del número de habitación desde fuera y me materializo en el balcón de la misma. Veo cómo Caell entra, tira la cazadora. La camiseta le sigue. Y los zapatos. Trago saliva conforme toda su ropa va quedando en el suelo a su paso, hasta que se desabrocha los pantalones y se queda gloriosamente desnudo antes de entrar al aseo.

Clinc, una gota más en el vaso a punto de desbordarse. No entiendo por qué mierda me cabrea tanto verlo desnudo. No es la primera jodida vez. Entro en la habitación y me paro delante de la puerta del aseo, oculto en las sombras de la habitación. A pesar de que está la mampara corrida, ésta es de cristal y me permite una visión detallada, en movimiento y en tres dimensiones del cuerpo desnudo de mi hermano. Doy un paso atrás y me siento en el borde de la cama. Gruño al darme cuenta de que estoy duro como el mármol.

Joder, ¿siempre tiene que ser igual?

[CAELL]

Me registro en el hotel y bostezo mientras me dirijo al ascensor. El tipo de la recepción no estaba del todo convencido de la legalidad de mi tarjeta de crédito. ¡Imbécil! Por supuesto que no es mía… ¿por qué usar mi propia tarjeta de crédito pudiendo fundir la de mi hermano? No es que me falte el dinero, es sólo que me gusta cabrear a Damon y que no me registraría jamás en un hotel con mi nombre. Me río mientras subo en el ascensor y la única persona que está conmigo me mira con cierto interés. Es una mujer mayor que sin duda fue hermosa en su juventud. Sonríe. Sí, hermosa y una seductora nata. Le guiño un ojo justo cuando el ascensor se detiene y salgo. No me importa flirtear con las mujeres que ya han pasado la primera y la segunda juventud. Ellas disfrutan y me permiten ver lo que han sido antes de que las arrugas y la vejez se instalasen en su cuerpo. A veces pienso que, de haber tenido la oportunidad de envejecer, yo habría sido como ellas. Me dirijo hacia mi habitación y, antes incluso de cerrar la puerta, me quito la cazadora. Según van cayendo las prendas en el suelo, se me eriza el vello de la nuca. Me maldigo en silencio. Es imposible que me hayan encontrado tan pronto, así que me río de mí mismo y entro en la ducha. La sensación de ser observado me acompaña todo el rato y un escalofrío me recorre de pies a cabeza. Desde luego, si hay alguien, oculta bien su presencia, lo que me indica que es bastante antiguo. Los vampiros jóvenes son incapaces de ocultarse. Es mi instinto el que me advierte. Llevo siglos huyendo, ocultándome y sobreviviendo a ataques como el que, intuyo, se avecina. Al final, es mi intuición la que me guía y me mantiene con vida. Algo que también me resultó muy útil durante las incursiones que realizábamos en las tierras de otros clanes. Mi buen olfato me salvó el culo más de una vez. Y Niall también… Finjo no sospechar nada. Estoy desarmado, desnudo y, aunque no del todo indefenso, sí lo suficiente como para no salir bien parado de una pelea. Así que, fingiendo no enterarme de nada, salgo de la ducha, envuelvo una toalla alrededor de las caderas, me seco el cabello con otra y la arrojo a un lado en cuanto acabo con ella. Movimientos casuales, tranquilos, de alguien que se siente cómodo en el lugar donde está, mientras mi mente calcula rápidamente la distancia que me separa de mi ropa y mis armas. Descalzo, con apenas una toalla cubriéndome, regreso al dormitorio y finjo recoger las prendas que he dejado tiradas, cuando en realidad estoy buscando mi daga, la daga de oro que hace siglos me regaló Sensei, con intrincados motivos japoneses grabados en ella. Por el momento será suficiente. Con ella en la mano me enderezo y, entrecerrando los ojos, digo: — ¿Piensas quedarte ahí hasta el amanecer?

[DAMON]

Frunzo el ceño cuando me doy cuenta de que tengo una daga de oro apuntándome directamente al gaznate. Mierda, he vuelto a bajar la guardia. El cuerpo fibrado de Caell salpicado por gotitas de agua que recorren su piel como una caricia no me ayuda. Sonrío porque es él, y no otro, el que sujeta la daga. No dudo de su letalidad, pero con él existe la posibilidad atrayente y cegadora de que la pelea termine con un buen polvo.

¿Qué coño estás pensando? Céntrate, joder…

Me preocupo de borrar la estúpida sonrisa de mi cara antes de hablar.

—Tranquilo, Caell. No voy a hacerte nada. Y no pienso quedarme hasta el amanecer… a menos que supliques, claro. —Ni siquiera me levanto de la cama, es más, me echo hacia atrás y me apoyo sobre los codos, mientras miro uno de los impersonales cuadros que adornan la pared de la habitación de hotel. —Sólo he venido a hacerte una pregunta y es muy sencilla: ¿qué mierda hacías en la taberna de Marcus?

[CAELL]

Aparece ante mí Damon y lo maldigo mentalmente. Que esté en una habitación de hotel, sentado en una cama y con esa pose de “no busco pelea, pero si me la das no la rechazaré”, es lo último que necesito hoy. Debí haber supuesto que sería él y no otro el que se encargaría de seguirme. Se recuesta en la cama, luciendo esa postura indolente tan suya que me vuelve loco. Cierro los ojos, tomo aire para alejar los pensamientos lujuriosos que amenazan con desbordar mi mente y, cuando los abro de nuevo, descubro que nada ha cambiado. La combinación cama-Damon no me ayudan. Y el verdadero problema es, precisamente, que no es Niall el que está ahí, sino Damon, uno de los representantes del Consejo, un soldado letal que viene, ni más ni menos, que a interrogarme. ¡Como si fuese a contestar a sus preguntas! No sería la primera vez que uno de sus esbirros me tortura para sacarme información sin conseguir nada… claro, entonces era mucho más débil que ahora. Aunque nunca he adolecido de una voluntad quebrantable. — No sé de qué me hablas. — Digo arrojando la daga a un lado. Camino hacia la terraza, dándole la espalda pero en guardia, me detengo para mirar las luces de la ciudad — ¿Uno no puede visitar a un viejo amigo sin que el Consejo se ponga a chillar como una colegiala asustadiza? — Lo miro por encima del hombro con frío desdén con el que oculto la ira — ¿Debería enviaros mi agenda semanal para que no entréis en pánico por cada uno de mis movimientos? — Sonrío burlón — ¿De quién ha sido la idea de enviarte, Damon? ¿De nuestro “padre”? — Miro de nuevo las luces de la ciudad y me desperezo. La toalla resbala ligeramente, pero no la regreso a su lugar. Muestra lo suficiente y oculta lo necesario. Sonrío divertido mirando la porción de Londres que se extiende frente a mí — ¡Vaya estupidez! Seguir a un don nadie como yo. Creo recordar que “padre” dijo algo similar hace un par de siglos. Estáis perdiendo tiempo y dinero. La sonrisa divertida se convierte en una gélida al pensar en el cabrón que me convirtió.

[DAMON]

Me descubro con una de las comisuras de mis labios alzada y la mirada fija en el trozo de torneado glúteo que la toalla de Caell ha dejado visible. Borro mi estúpida expresión antes de que se gire y se dé cuenta. Su piel parece terciopelo oscuro a la luz tenue de la habitación de hotel y yo siento los caninos pulsando y unas ganas atroces de morder esa redondez para alimentarme hasta perder el sentido.

Maldita sea. No he escuchado una mierda de lo que me ha dicho.

Y, aunque estoy en misión extraoficial, mis superiores —qué coño, incluso mis compañeros— me lanzarían a los leones al ver con qué impávida facilidad bajo la guardia ante alguien tan letal como Caell. Claro que ninguno de ellos sabe de nuestro nexo. Y así  pretendo que siga siendo. Si lo supieran, los leones me devorarían de igual forma.

—Caell —digo en tono conciliador mientras asciendo con la mirada, recorriendo su espalda; no quiero hablar de guerra mientras le miro el culo. Reconozco que lo estoy devorando con la mirada, aprovechando que no me ve. Hace mucho que no disfruto de ese pequeño placer… —, sabes tan bien como yo que se avecina una guerra. Lo hueles en el aire, lo puedes sentir en la sangre de guerrero que corre a través de tus venas. Has oído hablar de antiguas guerras de proporciones colosales, aunque ni tú ni yo las hemos vivido. Pero los ancianos auguran que la que se está gestando ahora mismo, mientras tú y yo estamos aquí, hablando, igualará a aquellas. Entiendo que hay quien no está contento con la forma con la que el Consejo guía a nuestra raza; comprendo muchas cosas, pero también sé que para gobernar a veces hay que hacer cosas que no gustan. —¿A quién quiero engañar? Sé con certeza que entre nuestros gobernantes hay quien disfruta ejerciendo la mano dura y los castigos ejemplares. Hay quien se corre con ello. Aprieto los labios—. Los civiles están revolviéndose, hay entre ellos un… —dudo ante lo que voy a hacer: proporcionar información altamente confidencial a un posible (¿posible?) enemigo.—… tipo, alguien a quien se le conoce con el sobrenombre de El Sanguinario, que está hostigando a las masas, creando un ambiente convulso y crispado. Es un jodido peligro para la raza. La última de esas grandes guerras casi terminó con nuestra especie. —Y con los humanos, pero eso me da igual—. Espero que seas consciente de que… estoy dejando de lado nuestras diferencias —¿diferencias?: ODIO—. Necesito… necesitamos cualquier información sobre él. Cualquier pista.

Imagino que él imagina para qué. Terminando con su vida, tenemos la batalla prácticamente ganada. Caell sigue mirando la noche sobre los tejados de Londres a través de la ventana. Creo que me está escuchando, pero no estoy seguro.

Mientras no dice nada, me permito observar la piel suave de su abultado hombro, el perfil adusto de su rostro, desde la cama. Con algo parecido a la añoranza.

[CAELL]

Sonrío divertido al escuchar el tono conciliador que usa para hablarme, aunque me parece demasiado condescendiente y, la verdad, a mí la condescendencia me toca mucho los…

Bueno, que me los toca mucho.

Me desperezo con indolencia, como si todo lo que me está contando no fuese conmigo, como si no tuviese ni la más remota idea de lo que me está hablando.

— Ya te he dicho que sólo fui a visitar a un viejo amigo. No sé a qué viene tanto alboroto. A mí las guerras me interesan muy poco.

Me vuelvo hacia la habitación y me apoyo en la barandilla de la terraza con los brazos cruzados sobre el pecho.

— En serio, Niall… estamos en un hotel que tú has pagado — sonrío burlón y desvío la mirada para evitar reírme —, con una cama enorme… yo estoy medio desnudo… ¿y sólo te interesa hablar de esa estúpida guerra? Si se matan que se maten. ¿A mí que me cuentas? — paseo mi mirada por su cuerpo con exagerada lascivia — Ya sabes que soy demasiado superficial como para preocuparme por esas tonterías.

«Es una pena que seamos enemigos, Niall. Podríamos haber hecho grandes cosas juntos».

[DAMON]

Me la pone dura.

Con ese simple y natural movimiento gatuno con el que intenta quitar hierro al asunto me está diciendo que ha escuchado cada palabra. Pero ni siquiera soy capaz de procesar eso. Está desnudo —bueno, casi, gruño mentalmente—, se mueve, sus músculos se ondulan. Yo hablo de guerras, él se muestra indolente. Algo que está encerrado bajo siete llaves dentro de mí se remueve, culebrea, intentando salir.

¿Por qué mierda me preocupo en prevenirle sobre la que se nos cae encima? Él sabe más de lo que dice. ¿Por qué demonios pienso que me va a decir una mierda que me pueda ayudar a mantener la raza a salvo? Lo guía el odio.

Le importa una mierda la raza. Lo guía el odio. ¿Hacia mí?

Sonrío, pero por dentro bulle un volcán.

Tenemos algo pendiente, él y yo. No es el polvo que nos traemos entre manos los últimos días, aunque a eso quizá podríamos darle salida. Es algo más antiguo y más primitivo. Es la pertenencia. Cuando nos separaron él se llevó una parte de mí y yo llevo una parte de él conmigo. Por eso nos atraemos como putos imanes.

—Estás muy bueno. ¿Te halaga eso? ¿Es lo que buscabas cuando me has dicho que estás medio desnudo? Tengo la polla dura sólo de atisbar tu culo debajo de esa estúpida toalla, aunque tú la tienes tan dura como yo —observo cuando se da la vuelta, apoyándose en la barandilla. Su mirada me quema, me consume el ansia de desnudarme también—. ¿Quieres que nos las chupemos? ¿Eso es lo que estabas insinuando con todo eso de la habitación, la cama y que estás desnudo? Un polvo de despedida. No suena mal. Es poético. Antes de la jodida guerra los hermanos, los amantes, se despiden con un revolcón que no olvidarán cuando no sean… nada.

Y mientras hablo, estirado sobre la cama, apoyado sobre un codo, voy abriendo mis piernas para que pueda mirar mejor…

[CAELL]

Alzo una ceja ante su perorata y me aparto de la barandilla.

— Sé que estoy bueno, no necesito que me halagues. Me miro en el espejo todos los días y me digo: «joder, Caell, estás que te sales». No soy tan estúpido como tú. Tengo muy claro quién soy, qué soy, lo bueno que estoy y a dónde pertenezco — me deshago de la toalla y entro en la habitación, completamente desnudo —. Tampoco le doy tanta importancia a las cosas como tú. ¿Que si quiero que nos la chupemos? Más bien quiero que tú me la chupes a mi. Y quiero follarte. ¿Un polvo de despedida? No me voy a ninguna parte, ¿por qué habría de despedirme? Un polvo, nada más. Uno de tantos — me acerco a él y me sitúo entre sus piernas, para que pueda verme mejor —. ¿Tienes que seguir hablando de esa estúpida guerra en esta situación? ¿Es que no te he dejado lo suficientemente claro que no me interesa?

Me inclino hacia él con un brillo burlón. Yo sé que él sabe… pero también sé que lo que él sabe sobre mí no es ni una milésima parte de lo que en realidad soy. Si lo supiese, no estaría ahí tumbado, sino que estaría tratando de rebanarme el pescuezo… o de llevarme ante ese grupo de viejos inútiles para que lo hiciesen ellos. Pero yo no quiero que él sepa quién soy, a qué me dedico mientras ellos están encerrados en sus estúpidas reuniones. No quiero que descubra el tipo de persona…no, eso no… no quiero que descubra el tipo de bestia en el que me he convertido.

— A ver, Niall… ¿me la chupas o no?

No sé por qué he dicho eso, porque en realidad no es lo que quería decir. Pero lo que realmente quiero decirle lleva tanto tiempo atascado en mi garganta, que no estoy seguro de que pueda decírselo nunca más.

[DAMON]

Sonrío ante el insulto y la soberbia declaración de principios: «quién soy, a dónde voy…bla bla». Por un instante, antes de saltar con fuerza y empotrarlo contra la pared, me pregunto por qué necesita decirlo en voz alta. Por qué repite una y otra vez que sabe lo que es y a donde pertenece, como si fuera un niño abandonado que necesita reafirmarse.

No digo nada. Revuelve algo de lo mismo en mi interior y no me gusta.

Hago una mueca al ver que la pared va a necesitar un arreglo; pero bueno, Caell tiene mi tarjeta. Que lo carguen a mi cuenta. Mi antebrazo presiona contra su cuello cuando hablo:

—Quieres que te la chupe. Eso se dice antes. —Tuerzo el gesto—: aunque lo de que no vas a ir a ningún lado no está tan claro: los vampiros también podemos morir. De formas más o menos dolorosas. —Suelto un poco el agarre y acerco mis labios a su oído—. O más placenteras. —Raspo su piel con mis colmillos sin presionar demasiado, sólo dos rasguños que se tornan carmesí al instante. Mi droga. Gruño al chupar con mi lengua y ya no dejo de chupar piel mientras voy descendiendo hasta su ombligo. —Hablo de guerra porque… yo soy la guerra. La huelo, la siento y… como ves, me pone cachondo —digo significativamente mirando a su polla, que apunta directamente hacia mí. Respiro, huelo, lamo. Sexo puro. Abro la boca y le engullo hasta el fondo, le siento crecer, mojarse. Me pone a mil. Yo también quiero follarle, así, como estamos, él desnudo y yo vestido. Me trago un gemido que no quiero que escuche y repito el gesto, con la lengua y los colmillos, y termino lamiendo de nuevo su punta. Miro hacia arriba—: Pero a mí, nadie me folla.

[CAELL]

Me río cuando me empotra contra la pared, pero guardo silencio. Habla de muerte y me contengo para no encogerme de hombros. Como si me importase morir. Creo que todavía no se ha dado cuenta de que estoy muerto desde el mismo momento en que me abandonaron, débil y hambriento, en aquella ratonera. O tal vez morí en el mismo instante en que aquel perro inmundo clavó sus colmillos en mi.

Mantengo mi boca cerrada a pesar de su forma de tratarme. Algo que, por otra parte, no me gusta nada. Es como si se considerase mejor que yo, como si pensase que su posición lo hace mejor, más importante. En ese momento no me importa. Estoy demasiado cachondo como para preocuparme por sus palabras o intenciones. Sin embargo son sus últimas palabras las que me hacen reaccionar. Son como un cubo de agua fría.

«A mí nadie me folla».

Lo empujo, apartándolo de mí y me alejo de la pared.

— Vete a tomar por culo. No soy tu puta.

Regreso a la cama y me siento, tratando de contener mi ira… y mi decepción. Yo ya no soy nadie en su vida. Hace tiempo que debí darme cuenta de que no es mi Niall, que es Damon. Pero soy tan sumamente gilipollas que sigo pensando en él como Niall. Aunque a él sí podía hacerle el amor, con él podía compartir cosas que con Damon no puedo. Y, francamente, estoy harto de que me utilice como una puta con la que se pude desfogar cuando quiera.

— Creo que ya conoces el camino de salida. La terraza o la puerta, tú decides.

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