El mensajero oscuro (Reto #2 BW)

Se despertó sumido en una completa oscuridad, cubierto de sudor y con la respiración absolutamente desacompasada. El pulso atronaba en sus oídos, la adrenalina se había disparado en sus venas y por eso se había despertado. Se sentó en el borde del camastro y apoyó los codos sobre las rodillas, mientras esperaba a que la opresora sensación que había tomado su cuerpo se disolviera. Era un hombre curtido, capaz de llevar a su cuerpo a la normalidad de nuevo sin mayor esfuerzo, de modo que enseguida había recuperado el control.

Sin embargo, también era un hombre prudente. Se había librado de la penetrante sensación de angustia, pero los rescoldos persistían aún en él y no quería deshacerse de ellos. En la guerra, era ese tipo de percepción el que podía llevar a un hombre y su ejército a la victoria.

Se levantó y se frotó el brazo derecho. La herida que le habían infligido en el campo de batalla estaba cicatrizada, aunque aún sentía algo de malestar. Era una minucia, un corte limpio que los sanadores que siempre llevaba con él no habían tenido problema para tratar, pero aun así, una incomodidad. Afortunadamente, él empuñaba la espada con la zurda, lo cual era mal presagio según las creencias de sus enemigos. Apartó la tela que cubría la entrada a la tienda y salió a la intemperie con la intención de despejarse y borrar de su mente los restos de una pesadilla que llevaba demasiado tiempo repitiéndose.

—Mi señor —musitó el soldado que guardaba sus aposentos.

Él asintió como todo saludo.

La noche era muy oscura, sin luna. Sólo las estrellas brillaban allá en lo alto. El campamento estaba tranquilo y a él no terminaba de agradarle esa sensación. La brisa fresca de las montañas le agitó los cabellos negros y los ató con una cuerda en una rápida maniobra. Llevaban tres días en aquel enclave. Los vigías le habían informado de que el enemigo no se encontraba a más de una milla de allí y sin embargo, no habían tenido ni una señal de ellos. Ningún movimiento ofensivo, ningún espía, ningún mensajero ofreciendo su rendición… Aquellos que no se encontraban tan lejos de ellos constituían el remanente de un vasto ejército que había ido cayendo batalla tras batalla bajo su espada de acero. La rendición era la única alternativa que les quedaba si no querían morir matando. Y no subestimaba la inteligencia de su adversario. Sin Embargo, allí seguían, esperando.

Caminó entre fogatas y tiendas, atravesando el campamento en busca de su primero. Su mano derecha, Hayyid, era como su hermano, pese a ser un extranjero. Él era el líder por derecho de sangre, pero era extremadamente consciente de que no había llegado hasta allí solo, que sus hombres eran comandados por dos, aunque sólo él diera la cara. Hayyid no dormía apenas, era un soldado recio y de mente clara y brillante. Estaba seguro de que no había novedades, pues él no habría dudado en sacarlo de su sueño, pero siempre era agradable una charla con él. Quizá le ayudaría a desterrar de su cuerpo la extraña sensación de peligro inminente que le invadía desde hacía unos días.

Hayyid estaba sentado al lado de la última tienda, justo en el frente del campamento. Sostenía una taza de metal de la que bebía desapasionadamente cada tanto y tenía sus armas sobre su cuerpo, siempre alerta. Charlaba con dos de sus hombres cuando le vio acercarse y enseguida dejó la taza, se levantó y se apartó unos pasos.

—Mi señor —saludó extrañado—. ¿Qué hacéis despierto? Yo me encargo hoy de la guardia…

—Tranquilo, Hayyid —le indicó que tomara asiento de nuevo apoyando una mano sobre su hombro—. No podía dormir. ¿Alguna novedad?

—Ninguna. El aire está tan quieto que parece dormido —murmuró mirando hacia el horizonte, donde se suponía que también dormía el enemigo—. No me gusta. Pero no podemos hacer otra cosa salvo esperar. Si no queréis perpetrar una matanza.

—Lo único que quiero es volver a casa, Hayyid. Hace tiempo que no vemos a nuestras mujeres e hijos, deben pensar que los hemos olvidado. Estoy cansado de esta guerra que ya debería haber terminado. —El horizonte que contemplaba Hayyid estaba tan sereno como el mismo aire—. Yo también huelo lo mismo que tú —comentó preocupado, tras un instante—. La quietud que precede a la muerte.

—Tengo hombres apostados alrededor de todo el campamento, y un grupo rastreador se ha adelantado hacia el norte. La muerte no será la nuestra.

—Eso mismo pienso yo…

De pronto, un leve susurro de pasos sobre la tierra llamó su atención y guardaron silencio. Hayyid se alzó y empuñó su espada, sin desenfundarla todavía. Unas siluetas difusas aparecieron de atrás de un montículo rocoso que se alzaba al noroeste y Hayyid las reconoció enseguida como sus hombres rastreadores. Parecían trastornados por algo; Hayyid fue a su encuentro y sólo cuando estuvieron suficientemente cerca, escuchó su alterado y susurrante parloteo.

Su mano derecha volvió hasta donde él se encontraba, con la inquietud contagiada.

—Cuervos, mi señor. Varios, no muy lejos, al noroeste.

Cogió una espada, la que más a mano tenía, y corrió hasta donde se encontraba el grupo, seguido de Hayyid. Los cuervos siempre habían de ser escuchados. Era algo que llevaba en la sangre de su cultura desde tiempos inmemoriales. Su pueblo había obtenido vitales ventajas a lo largo de su historia desprendidas de esa especie de simbiosis entre ellos y los oscuros animales, motivo por el cual eran símbolo en todos sus estandartes. Esta vez, la presencia de los córvidos sólo hizo que la opresión que llevaba un tiempo sintiendo en su interior atenazara todavía más sus miembros.

Un cuervo en cada pesadilla durante cada uno de los últimos nueve días.

Cuando llegó al lugar, en efecto, un grupo de unos nueve animales sobrevolaba un viejo árbol seco, al que no le quedaba ni una sola hoja. Bajo él, una especie de animal que llevaba muerto al menos una semana desprendía un hedor angustioso, pero ninguno de los hombres que había allí reculó lo más mínimo. Todos miraban el cielo, que empezaba a clarear, surcado por el vuelo de las aves negras. Una de ellas fue a posarse sobre una de las ramas secas del árbol y él no dudó en acercarse, cauteloso, hasta el pájaro. Conforme avanzaba, distinguió algo que colgaba de su pico oscuro. El animal, como si le esperara sin temor, no se movió ni un ápice.

El horror le invadió en cuanto reconoció lo que el mensajero fiel sostenía, y contuvo un alarido de ira. Cerró los ojos y dejó que la furia corriera por su sangre, extendiéndose, sustituyendo a la desazón que cada noche había ido creciendo con sus pesadillas.

Cuando estuvo seguro de tener el control de nuevo, se giró hacia Hayyid y habló sin emoción:

—La Reina ha caído. Preparad la muerte del enemigo.

Reto2 Bree

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