Reunión (Reto #2 MS)

La oscura ave giró dos, tres, cuatro veces en el cielo como si estuviera buscando algo o a alguien. Era ese momento en el que la oscuridad de la noche comenzaba a tomar la claridad antes incluso de que el sol se alzara por el horizonte. Ese instante en el que todo parecía contener la respiración para dar la bienvenida al nuevo día. El momento perfecto para que esa reunión en particular tuviera lugar. El cuervo volvió a dar una nueva vuelta en el aire antes de comenzar a descender acercándose a uno de los callejones de la enorme urbe.

Desde su privilegiada posición posado en una de las escaleras de incendios observó la llegada del hombre. Sus movimientos, la forma en la que observaba a su alrededor, la mirada inquisitiva de aquel que se encontraba buscando a la persona con la que había quedado. Si una sonrisa se pudiera haber reflejado en su pico, hubiera aparecido, pero eso era imposible.

Dejó que un par de minutos transcurrieran. El tiempo suficiente como para que se inquietara y después volvió a desplegar las alas aunque esta vez no para alzar el vuelo, sino para bajar planeando en dirección al callejón. Unos instantes antes de llegar al suelo la magia hizo acto de presencia y donde hacía unos segundos había un pájaro negro como la noche apareció la figura de una mujer, con el cabello oscuro lo mismo que la ropa que llevaba. Sin embargo, los ojos eran del verde de las colinas de Irlanda y observaban el rostro del hombre de forma directa.

— Llegas tarde.

La voz varonil se escuchó como si de un trueno se tratara en la quietud que reinaba en la ciudad antes del alba. La mujer sonrió entonces de medio lado mientras con movimientos pausados se acercaba hasta el hombre, unos movimientos que provocaron que el vello de la nuca de él se encresparan como si se encontrara delante de un peligro letal. Y ambos sabían que ella lo era. Ni siquiera la lenta sonrisa que apareció en los labios de la mujer le relajaron; al contrario, provocó que se tensara todavía más.

— Estaba… ocupada en otros asuntos.

— ¿Provocando alguna de tus guerras, Morrigan?.

La risa cantarina llegó entonces relajando en cierta manera la situación. El brazo de ella se deslizó por el del hombre durante un segundo y él notó el olor a brezo que la envolvía siempre que se encontraba de buen humor. Cuando no lo estaba, sabía bien que era el hedor de la muerte lo que la precedía. Era hermosa, por supuesto, todos los Tuatha de Danan lo eran de una manera u otra. Solo que debajo de esa perfecta máscara él sabía que la mujer era la misma representación de la muerte.

— No juegues conmigo, vengo para darte información de primera mano sobre el tema que nos preocupa a todos.

— ¿Has averiguado algo entonces? — Preguntó ella, mirándole directamente a los ojos. Esta vez mucho más seria de lo que había estado unos instantes antes.

— Está embarazada.

— ¿De él?.

— Eso parece, la bruja tiene la vida más aburrida que te puedas imaginar y no ha estado con nadie más desde aquella noche.

— ¿Se lo has dicho a alguien más?.

— No, me dijiste que en cuanto supiera algo te lo dijera directamente a tí.

Morrigan asintió por un momento. Solo uno, mirándole a los ojos. Alzó entonces las manos para deslizarlas con lentitud por el rostro de él hasta sujetar la nuca con una de ellas y el mentón con la otra. Él sintió aquellas manos como si se trataran de férreas sujeciones de las que no podía ni quería soltarse, quizá porque se encontraba perdido por completo en la mirada de ojos verdes que le observaba con intensidad.

— Bien, así me gusta — ronroneó casi, como si se tratara de un enorme felino y su voz le resultaba lo más encantador que había escuchado en toda su existencia—. Olvidarás todo lo referente a la bruja y de este encuentro. Te marcharás de la ciudad y buscarás refugio en otra, lejos de aquí. El Nuevo Mundo dicen que es maravilloso para empezar de cero.

— Como desee, Gran Reina.

— Buen chico.

Sintió los labios sobre los suyos, como si estuvieran sellando de esa manera un trato. Cerró los ojos entonces, dejándose llevar por las emociones que ese gesto provocaban en él y se olvidó de todo. Se olvidó de por qué estaba siguiendo a la bruja, se olvidó de aquella reunión, de que tenía una vida allí formada, de que había conocido a esa mujer. Se olvidó del sabor del beso aunque durante años seguiría recordando ese sabor extraño, mágico, que en ocasiones volvía su memoria.

Y lo único que recordaría durante todo ese tiempo sería el graznido del cuervo que siempre relacionaría con el colgante que encontró a unos pasos de donde se encontraba. Un colgante que siempre llevaría con él.

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