#6 Celtic Blood

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DAMON

En una escala del cero al diez, mi cara de idiota ahora mismo debe ser de once coma cinco. Siendo generosos.

Hace un momento estaba desnudo dentro de Caell, sacudiéndome de placer. Ahora sigo desnudo, mirando desde el profundo cabreo a Lucien. Él también tiene cara de pocos amigos.

Y yo me estoy mordiendo la lengua para contener la retahíla furiosa que lucha por emerger de mi garganta. Tengo ganas de mandarlo al infierno, pero sé que no tengo argumentos válidos.

Caell es un enemigo reconocido.

Y yo me lo estaba tirando.

Por fin Lucien rompe su mutismo soltando un resoplido cargado a partes iguales de incredulidad y reproche —: No me lo puedo creer.

No es que nunca haya utilizado el sexo para fines poco relacionados con el placer. Pero estoy descubierto ante él. Sabe que lo que estaba pasando ahí no era ninguna extorsión para conseguir información ni nada por el estilo. Seguramente lo ha leído en mi rostro y el resto de mi relajada pose.

—Qué mierda haces aquí, Lucien —pregunto desapasionadamente.

Lucien vuelve a soltar un resoplido, esta vez, despectivo.

—Dímelo tú. El pobre de Kurt ha aparecido en el Centro de Entrenamiento del Consejo, más blanco que de costumbre y temblando como una florecilla, porque un vampiro rebelde ha matado al resto de la patrulla y le ha… permitido a él seguir con vida con el único objeto de que viniera a advertirnos—. Recojo mi ropa y me voy vistiendo con parsimonia mientras escucho su perorata—. Y resulta que ese rebelde era Caell.

—Yo no tengo la culpa de que el Consejo mande a los novatos tras Caell. Es un error táctico lamentable.

Lucien tiene una paciencia conmigo admirable. Él sabe que yo sé que no es esa la cuestión.

—No fueron enviados.

La conversación va a virar por senderos más serios y le tapo la boca con la mano. Estamos en la habitación de un hotel, pero cualquier precaución es poca. Nos desvanecemos y aparecemos en el mismo parque en el que Kirk, o como quiera que se llame, se ha cagado en los pantalones. Sonrío ante ese pensamiento, pero oculto el gesto a Lucien.

—Fue un encuentro fortuito —continúa él—. Tu hermano es lo suficientemente importante para el Consejo como para enviar a los mejores tras él. —Hace una pausa tan larga que me obligo a mirarlo directamente—. El caso es… ¿podemos contar con los mejores?

La pregunta es como una navaja afilada. Me está apuntando a mí directamente y Lucien no suele fallar.

—¿Podemos? ¿Ahora eres el Consejo, Lucien?

Su paciencia tiene fin. Arremete contra mí hasta que mi espalda se estrella contra el robusto tronco de un roble, que se sacude como si fuera un junco.

—No me toques las pelotas, Damon —sisea—. Estoy tratando de decidir si puedo seguir confiando en ti o si, por el contrario, tengo que encerrarte en un puto calabozo hasta que resuelvan qué hacer contigo.

—Inténtalo.

No me muevo. Damon y yo entrenamos juntos desde hace siglos. Si se desata una pelea entre nosotros voy a necesitar de todos mis recursos.

—¿Qué te pasa? —murmura disgustado, soltándome—. Nunca te he visto cejar en tu empeño cuando persigues enemigos. Eres tan terco como yo y no fallas nunca. Siempre obtienes lo que quieres, información, rehenes… —Está deduciendo rápido, como siempre—. Y hoy te encuentro follándote a tu hermano…

Me mira a los ojos y yo soy como una jodida piedra. Soy incapaz de moverme o de hablar.

—Damon… —Sigo siendo su amigo. Ese tono me dice que quizá incluso por delante del Consejo—. ¿Puedo seguir confiando en ti?

Es una pregunta limpia. De respuesta sencilla.

—Sí.

Aguanta la mirada unos segundo más y luego la aparta.

—¿Qué hacías con él? Porque no me ha parecido que estuvieras extorsionánd…

—Es complicado —le corto.

No quiero hablar de Caell con él. No estoy seguro de poder mantener la máscara en estos momentos.

—Ya sé que es complicado, joder. Caell es tu hermano, por no decir que es tu enemigo y es letal…

—Sé cuidar mis espaldas.

—…sobre todo si bajas la guardia de esa forma.

No puedo explicárselo. No va a entender esa compleja e impulsiva dinámica que rige la no-relación entre Caell y yo. Ni siquiera yo la comprendo.

Ante mi silencio, sigue hablando.

—Vale, como quieras. Si no quieres hablar me voy a ver obligado a convertirme en tu sombra.

—No me jodas, Lucien…

—No, ya estás jodido, Damon. En todos los sentidos, por lo que veo. Eres mi amigo, mi compañero desde hace más tiempo del que puedo recordar, pero al margen de eso, o precisamente por eso, no puedo dejar que pongas en peligro la estabilidad de la Raza.

—Sé cual es mi sitio —recalco.

—Eso espero.

Lucien parece haber terminado con el sermón. Contengo el suspiro de alivio. Que le jodan. Yo sé muy bien donde está mi lealtad y me supone un problema que precisamente Lucien dude de ello.

—Vamos. El Consejo está cada vez más nervioso. Se ha reunido esta noche y, por lo que se rumoreaba en los pasillos, el viejo Rókr tiene más apetencias sádicas de las suyas —un estremecimiento me recorre al escuchar esas palabras asociadas al nombre de mi Sire—, pretende que salgamos a las calles a ejercer la tortura a todo aquel que, siempre según él, sea sospechoso de tener información o relación con la causa rebelde. Quiere ganar una guerra aún no declarada bañando las calles de sangre.

—Siempre ha sido un hijo de puta —«y se queda corto».

—Tengo un contacto infiltrado entre ellos. He quedado en vernos esta noche—. Me lanza una Glock de 9 mm que atrapo al vuelo. Compruebo el cargador en un gesto reflejo. —Las calles están agitadas, se oyen muchos rumores sobre su líder y quiero obtener de una maldita vez su identidad. Si no, estamos en jodida desventaja. Vamos a detener una sangría.

Lucien comienza a andar y yo le sigo con la cabeza a punto de explotar.

                                                       ∗ ∗ ∗

La noche ha sido larga.

Acaba de amanecer y yo estoy estirado sobre la cama de mi habitación en el Centro de Entrenamiento sin poder pegar ojo. Con un brazo bajo mi cabeza, observo impávido las volutas de humo que voy exhalando con parsimonia.

Cualquiera diría que estoy en estado de shock, pero no es así.

En cierto modo, no es algo que no esperara.

El contacto de Lucien afirma que sólo se oye un nombre entre las filas rebeldes, siempre entre susurros y rumores.

Caell.

Aspiro con fuerza del liado.

No ha podido corroborarlo con certeza, a pesar de estar cerca de la cúpula de mandos rebeldes. Son herméticos y tengo que alabarles la decisión. En el fondo, cualquier cosa que satisfaga al Sire, me revuelve las entrañas.

Pero ¿Caell?

Llevo un par de horas dándole vueltas a las posibilidades que se derivarían de ello. Ni siquiera sé si el Sire sabe que Caell sigue con vida.

Me recuerdo que, por el momento, sólo son rumores, porque la idea de que sea él me intranquiliza a niveles que no conocía.

Pero hay una voz, un pequeño demonio, que no deja de susurrarme al oído… «¿Quién más podría ser?», «¿Alguien mejor capacitado que él?». Caell es absolutamente letal. Sé que no me ha matado ya porque aún no ha querido. Está cargado de odio, quizá no concretamente hacia el régimen establecido, pero la fuerza del odio que tiene contra el Sire o contra mí es suficiente para el cometido.

Caell, Caell, Caell….

Ha sido una noche muy larga. He follado con Caell. He estado con Lucien y su contacto infiltrado. He escuchado salir el nombre de Caell por la boca de quien no sabía que hablaba con su hermano. Luego hemos salido de caza y hemos peleado y eliminado a varios rebeldes. Después… me he quedado solo con toda esta mierda. He follado con otros dos, una tía y después un tío. Y en mi mente sigue la misma secuencia.

Caell, Caell, Caell

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