Morir-Nacer (Reto #3. BW)

Reconozco que, entre la falta de tiempo y la canción propuesta por Christian Black, el reto de esta quincena ha sido BRUTAL. Es decir, difícil, difícil. Está recién salido del horno y tengo serias dudas sobre mi salud mental en estos momentos (jajaja). Espero que os guste (y si no, ya sabéis por dónde ando).

Os dejo con la lectura:

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MORIR-NACER.

Abrió la puerta de madera tosca y pesada de la taberna del pueblo. Nadie se giró ni se percató de la entrada de un nuevo visitante. Aquel era un lugar de paso entre montañas, una aldea de pocas edificaciones, casi todas de índole agrario, presidido por una vieja posada y la cantina de la misma.

El sitio idóneo para pasar desapercibido. Un local alumbrado por las llamas de las velas que había dispersas por aquí y por allá, donde el olor del vino y el tabaco impregnaba cada viga y pilar de madera que sostenían el techo y las paredes. Unas pocas mesitas estaban dispuestas frente a una especie de tarima en la que varios músicos entretenían al desmotivado público con sus melodías folklóricas.

Se limpió las manos en las perneras por enésima vez en un gesto incosciente y adelantó un paso para entrar en la semipenumbra del bar. Debía ser cerca de media noche y ninguna persona decente estaría a esas horas fuera del calor de su hogar. Los visitantes que se reunían ese día en aquel sitio dudosamente lo eran. Había hombres de todas las edades, desde muchachos prácticamente imberbes a señores que difícilmente bajaban de la cincuentena. Aunque, seguro, no eran «señores». También había mujeres de buen vivir ataviadas con vistosos trajes que, seguro, no eran «señoras» ni «señoritas». Las segundas trataban de hacerse con los favores —y las monedas— de los primeros, y éstos muy probablemente las complacerían, al menos durante unas horas, antes de perderse de nuevo para el mundo honrado.

Él era nuevo allí (bien, ¿no lo eran todos cada noche?), pero nadie se percataría. Se sentó en una mesita de madera que había libre en un rincón sin sacarse la chaqueta de piel, cuidando de que ésta no se abriera demasiado como para dejar ver a ojos extraños las manchas de su camisa.

Había hecho algo horrible. Algo que había cambiado su vida para siempre. Había salido de su casa cuando caía el sol y llevaba huyendo sin descanso desde entonces. Probablemente su familia ya habría encontrado el cuerpo de su hermana pequeña y estarían buscándolo por los alrededores, desesperados y asustados, pensando que cualquier desgracia podría haber acontecido también sobre él.

«Ha sido un accidente», se repitió de nuevo. «Ella quería subir ahí, yo le dije que era peligroso… ha sido un accidente…». La música se tragó su lamento y se coló en su mente, sinuosa y suave, apaciguándolo. Suspiró profundamente y clavó la vista en la superficie de la mesa. A pesar de la poca luz, sus ojos siguieron las lineas que surcaban la madera y se fue perdiendo en el caprichoso entramado que formaban las vetas sobre la  madera. Subían y bajaban, y se mezclaban componiendo figuras ondulantes, al igual que las notas de aquella música ensoñadora, que trazaba nuevas líneas en sus sentidos y en su mente…

—Elige, forastero.

«Ha sido un accidente». Alzó la vista, loca, cautivada.

—Ha sido un accidente.

La muchacha que había frente a él sonrió. Su ropa era de pesado terciopelo, aunque no era nueva ni vistosa. No hacía falta. Sus ojos destellaban con un brillo especial y era todo lo que necesitaba para lucir con más fuerza que cualquiera. Llevaba una bandeja de metal bajo el brazo y, al parecer, le divertía su perturbación. Le divertía o le compadecía, de modo que se sentó en el taburete frente a él y le habló con tono conspirador y sin perder la sonrisa:

—Las aguas bajan rojas esta noche hasta el lago, que refleja la luz de la luna en su superficie calma. La música suena en cada taberna, en cada casa —hizo un gesto con la cabeza hacia el grupo que tocaba en la tarima—. El sacrificio está hecho. El brujo que mora la montaña recogerá víctima y verdugo, y seremos protegidos —los ojos verdes de la tabernera brillaron con un destello dorado al decir la última palabra—. Nada malo va a ocurrir porque todo ya ha pasado.

Alzó la mano de la que colgaba una pulsera de abalorios y, a su gesto, otra moza que, juraría, era su hermana menor a juzgar por el parecido, acudió a la mesa con dos vasos de caldo morado.

—A tu salud, muchacho —saludó su interlocutora con alegría, tomando uno y brindando al aire—. No te aflijas. Todo está hecho.

Él tomó el vino y ambos bebieron hasta la última gota. La música sonó entonces más alta, más rica. La joven se levantó de su asiento y se alejó de él, sonriendo, sin dejar de mirarlo. Las llamas de las velas iluminaron con fuerza, haciendo brillar los rincones más oscuros de la taberna mientras la tabernera y su hermana soltaban sendas bandejas y se unían a la danza de los músicos. La melodía se retorció y ascendió, cubriendo todos los espectros, dulcificando y hostigando, llenando cada hueco, estimulando los sentidos. La luz molestaba de tanta intensidad y cerró los ojos, dejándose transportar por el sonido mágico y suave de los instrumentos…

De pronto, un estruendo y abrió los ojos.

Todo estaba sumido en la más completa oscuridad y los gritos comenzaron a mezclarse con la música retorcida. Gritos de terror, alaridos que le pusieron la piel de gallina. Intentó moverse, huír, pero, horrorizado, comprobó que no podía.

«Anxo… Anxo… ¡Anxo!». La voz de su hermana. «Vuelve a casa…».

Todo se apagó y dejó de existir.

La luz del día despertaba al bosque. La percibió a través de sus párpados pesados. Le dolía todo el cuerpo y no sabía nada. Abrió los ojos y no reconoció el lugar. Un claro verde, un arroyo, el cantar de los pájaros en libertad. Se levantó como pudo del suelo y se miró las manos, extrañado. Luego las botas y los pantalones oscuros. Su camisa limpia. No recordaba nada. El corazón le dio un vuelco y corrió hasta el riachuelo para echarse agua fresca a la cara y despejarse. Un alarido creció en su pecho y espantó a una bandada de pájaros cuando encontró la libertad en su boca.

Un charco le devolvía el reflejo de su rostro.

Un rostro desconocido.

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