O Meigallo ( Reto #3 . Christian Black/Itkdev)

¡Buenos días! Otro lunes más dispuesta a afrontar el reto. La semana pasada me tocó a mí plantear el de esta semana y hoy le habría tocado a Muirne, pero por motivos personales ha tenido que abandonar Story Col., así que será Brianna Wild quien lo haga.

Y ahora vamos a lo que vamos: mi relato. El título, en gallego, tiene mucho que ver con la canción que proponía (O Bruxo da Montaña, de Milladoiro. Sí, una tira para casa siempre). El título traducido sería El Brujo de la Montaña y, en gallego, meigallo es hechizo. El primer borrador del relato está escrito en gallego y he tenido que traducirlo, así que pierde un poco, pero aquí os lo dejo. Tomo como referencia la montaña lucense (yo soy de Lugo), un lugar en el que, si te dejas llevar, podrías imaginar que seres de otros mundos caminan a tu lado. 

La imagen que acompaña al reto es de mi archivo personal y podéis encontrarla en Enjoygram, algo así como la versión web de Instagram, que es donde están alojadas todas mis imágenes. El lugar es, cómo no, el mismo donde ambiento el relato.

Si había algo a lo que Xiana temía, era a la Santa Compaña1. Detestaba la idea de caminar de noche por aquellos caminos por temor a tropezarse con la procesión de las ánimas, pero no tenía otra opción. El señor reclamaba su presencia y debía acudir a su llamada, so pena de sufrir los ciento cincuenta latigazos de rigor. Ciento cincuenta exactos, ni uno más, ni uno menos. No había súplica que ablandase a tan poderoso caballero cuando se empeñaba en castigar a alguien.

Su madre, nerviosa, la contemplaba mientras se vestía a toda prisa. No sabían por qué se la convocaba en el castillo y ambas habían escuchado suficientes historias sobre las cosas que el señor hacía a las jóvenes como para temer el desenlace de aquella visita.

Envuelta en un raído chal de lana y con el cabello castaño recogido en una trenza torcida, Xiana siguió al mensajero en un sepulcral silencio. Él caminaba con paso firme, probablemente tan asustado como ella y la joven trataba de no mirar a los lados, no fuese que la tan temida procesión pasase por su lado.  No tardaron en llegar a su destino y, una vez allí, fue conducida al dormitorio del señor, donde dormía plácidamente. A su lado, un joven de aspecto gentil contemplaba al durmiente con la misma indiferencia con la que contemplaría una roca. No se volvió al escucharla entrar. Tras varios minutos quieta en la misma posición, temerosa de moverse, carraspeó involuntariamente y el hombre se volvió hacia ella. Era guapo, con ojos verdes como el musgo y cabello negro como las plumas de los cuervos. Había percibido su aspecto afable al entrar, pero su mirada daba miedo. No sabía exactamente por qué, pero estaba asustada.

— Se está muriendo.

La voz, suave y melodiosa, parecía tener intención de calmarla, pero no surtía efecto.

— Esta mañana lo vi a caballo. Es imposible que el señor esté enfermo ahora…

— He dicho que se está muriendo, no que esté enfermo.

Había un deje de impaciencia en su voz, pero no se reflejó en su rostro o sus gestos. Xiana lo miró sin comprender. ¿La habían convocado por eso?

— ¿Queréis que sane a un moribundo?

El hombre sonrió con la burla bailando en su mirada.

— Si lo quisiese vivo, no se estaría muriendo ahora mismo.

— Creo que no os entiendo.

— No necesitas entender. Ven aquí.

Xiana dudó un par de segundos. Estaba asustada, pero la mano que aquel hombre le tendía parecía atraerla igual que la luz de una vela a las polillas. Sabía que se quemaría, pero no podía evitarlo. Cubrió la distancia que los separaba y la tomó sin pensar en las consecuencias. Él le dedicó una sonrisa desprovista de toda emoción y la acercó al lecho.

— Dicen que provienes de una larga estirpe de sanadoras y que tus dones son superiores a los de tus antecesoras — la joven se sonrojó y bajó la mirada con recato —. ¿Sabes que eso es lo que te ha salvado de haber acabado en el lecho de tu señor?

— No os entiendo, señor.

— Me llamo Roi. He dicho que sigues siendo virgen porque tu señor tiene miedo de las mujeres de tu familia — Xiana se sonrojó violentamente e intentó soltar su mano, pero el hombre no se lo permitió. La sujetaba con tanta fuerza, que temía que le fracturase la muñeca —. El miedo es un arma muy poderosa, ¿verdad?

— Me estáis haciendo daño.

— Lo sé, querida, lo sé. Y te dolerá más si no dejas de moverte. Yo no voy a soltarte y tú no tienes la fuerza suficiente para enfrentarte a mí, así que mejor deja de moverte.

— Señor, no sé qué queréis de mí, pero…

— Roi — le cortó con impaciencia —. Me llamo Roi. ¿Qué quiero de ti, bella Xiana? Tu sangre.

Ella lo miró horrorizada y forcejeó de nuevo. Gritó hasta que no le quedó aire en los pulmones y suplicó hasta que no le quedaron ni palabras, ni lágrimas, pero Roi no la soltaba. Lejos de sentirse conmovido, parecía bastante molesto.

— ¿Sabes cuánto tiempo llevo aquí, Xiana? — Ella negó con la cabeza — Estaba aquí, justo en este lugar, mucho antes de que llegasen los saefes2 a invadir estas tierras. Mucho antes de que vuestro Jesucristo naciese, de que hombres como este tomasen mi tierra en virtud de un poder que yo no les he concedido. Este hombre, bella Xiana, es como la peste. Lo destruye todo a su paso. Ha matado a mis hermanos, a mis amigos, a mis animales y ha destrozado parte de mi montaña. ¿No debería acabar con su vida del mismo modo?

— ¿Y qué tengo que ver yo con eso? — Gritó, histérica.

Estaba tan asustada, que no dejaba de forcejear, aun sabiendo que aquella mano no la soltaría.

— Ya te lo he dicho, muchacha tonta: necesito tu sangre.

Una daga de plata apareció de entre los pliegues de su ropa y fue directa a la muñeca de la joven, haciendo un corte profundo y limpio. Derramó una considerable cantidad de sangre en una copa de oro, luego cortó su propia muñeca y mezcló ambas sangres. A continuación, dibujó un símbolo más antiguo que él mismo en la frente del moribundo y recitó un conjuro en un idioma muerto miles de años atrás. Xiana, aterrorizada, contemplaba todo como si fuese un sueño. Era consciente de que estaba asistiendo a una ceremonia tan antigua como aquella tierra, algo que no vería nunca más y, oscilando entre la fascinación y el pánico, era incapaz de apartar la mirada. Su cerebro trataba de procesar todo aquello, pero acabó perdiendo el conocimiento antes de conseguirlo.

Despertó en su propia cama, ante la mirada preocupada de su madre. Por un momento, pensó que quizá todo aquello había sido un sueño, hasta que su madre habló.

— Él te trajo. Te habías desmayado.

— ¿Él?

— El brujo de la montaña.

— ¿Quién?

— El verdadero señor de estas tierras, niña. El brujo de la montaña.

— Mamá…

— Te convocó porque necesitaba tu sangre. Te desmayaste antes de que completase el hechizo, pero todo ha salido bien.

— ¿Y el señor?

— Morirá pronto.

— ¡Mamá!

— Él no es el señor de estas tierras. Ni es nuestro señor. Nosotras no le servimos a él.

— Mamá, no te entiendo.

— Nuestros dones, hija mía, le pertenecen al brujo de la montaña. Él nos los dio hace mucho tiempo. Nosotras somos hijas de esta montaña, niña. Le pertenecemos a esta tierra y esta tierra nos pertenece. El brujo no dejará que nadie nos la quite.

Xiana había escuchado hablar del brujo desde niña, pero siempre había creído que era un cuento de ancianas. Y, a decir verdad, nunca le había gustado. De niña le daba más miedo aún que la Santa Compaña y ahora… ahora estaba todavía más asustada.

— No tengas miedo. Él nunca haría daño a su gente.

— Pero ha matado al señor.

— Y el señor ha matado a tu padre, a tu hermano y a tu prometido. El brujo sólo está administrando justicia.

La joven miró a su madre. Decían aquellas historias de viejas que el brujo sólo bajaba de la montaña cuando su gente lo necesitaba. Y, desde hacía años, el señor había aterrorizado a los habitantes de aquella aldea. Las mujeres eran algo así como objetos sin valor que se llevaba al castillo y utilizaba a su antojo hasta que se cansaba. Si alguna sobrevivía, la devolvía a su casa. Si no lo hacía, ni siquiera se le daba una despedida digna y su familia nunca conseguía ver su cuerpo. Y quizá fuese mejor así. Las historias que provenían del castillo eran terroríficas.

Se miró la muñeca donde tendría que haber una herida. El brujo le daba miedo, pero no la había lastimado. El señor no lo había hecho porque le tenía miedo, pero bien podría haber acabado como alguna de las chicas de la aldea. Un mal por otro. Si tenía que elegir, elegiría lo mismo que habían elegido las mujeres de su familia durante generaciones y miraría hacia otro lado. Si el señor moría, quizá las cosas mejorasen. Y, si no lo hacían, quizá prestase su sangre de nuevo al brujo de la montaña.

Se frotó la cara y suspiró. Sí. Si tenía que elegir un mal, prefería aquel de ojos verdes como el musgo y cabello negro como las plumas de los cuervos.

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1. Santa Compaña: procesión de ánimas de la mitología gallega que ha sobrevivido a lo largo de los siglos y se encuentra todavía presente en forma de cruceiros en los cruces de caminos. La Santa Compaña es una procesión de ánimas vestidas con túnicas negras que vagan por la noche. La procesión se divide en dos hileras y las ánimas caminan descalzas portando, cada una, una vela. Al frente va un espectro mayor llamado Estadea. La procesión la encabeza un vivo portando una cruz y un caldero de agua bendita y las ánimas lo siguen, aunque no siempre son visibles, pero su presencia se nota en el viento intenso que se levanta a su paso y el fuerte olor a cera. El vivo que encabeza esta procesión será hombre o mujer en función de si el patrón de la parroquia es lo uno o lo otro, pero se dice que quien realiza esta función no recuerda nada cuando despierta. No se les permite descansar ni una sola noche hasta que mueren o bien encuentran otro incauto que se tropiece con la Santa Compaña y acabe ocupando su lugar. Si ves a esta procesión anunciadora de muerte, debes trazar un círculo en el suelo y entrar en él o bien tumbarte en el suelo boca abajo.

Si recibes la visita de la Santa Compaña, morirás en el plazo de un año.

Hay diversos motivos por los que puede aparecer la Santa Compaña, pero lo que está claro es que a los gallegos es una de las cosas que más nos asusta. Os lo aseguro.

2. Saefes: se supone que, cuando se habla de saefes, nos referimos a los celtas que ocuparon nuestras tierras. Ahora se pone en duda que fuesen realmente celtas, pero es un tema un poco complicado explicar todo lo de los oestrimnios y saefes, así que dejémoslo en que son los celtas y ya está.

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