La Oscuridad

¡Hola! Puesss… aquí la ausente para el cuarto Reto, y eso que fui yo quien lo propuso. Pero hay veces que la vida ahí fuera te requiere sin tregua y no pude cumplir con el plazo.

Pese a ello, me gustaría compartir con vosotros lo que tenía preparado. Espero  que os guste y si no, que me lo digáis 😉

Estamos de vuelta, aunque todavía arrastramos algunas costumbres de las vacaciones de las cuales nos costará deshacernos. Como a tod@s, ¿no?

Se os echaba de menos 🙂

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La Oscuridad

Betzelem cubrió la Llama de Nûmun y se hizo la noche en el Templo. Era una de las nueve vestales del Ama de Luz y tenía responsabilidades importantes en cuanto al mantenimiento de la Llama, además de asistir al Ama. Todas sus hermanas estaban preparándose para el descanso; el Ama, sin embargo, nunca dormía.

Fue caminando hasta sus aposentos descalza sobre la piedra tibia, la nívea y suave túnica ondeando alrededor de su cuerpo grácil. Los dedos de los pies absorbían el calor de las losas como si su vida dependiera de ello, y se arrugaban sintiendo el tacto rugoso contra la piel. No había demasiadas emociones disponibles para ser vividas en el Templo.

Estaban prohibidas para alguien como ella.

De modo que allí todo era de colores anodinos: cremas, tostados, grises, cuando no de un blanco turbador. Si la Llama lucía en su esplendor, los matices que pudiera haber entre los distintos tonos se fundían y cualquier superficie o cortinaje reflejaba la luz hasta cegar. Nunca hacía frío o calor ni se levantaba la voz más de lo estrictamente necesario. Todo simétrico y armonioso.

Ella no debería sentir el deseo de absorber el calor del suelo a través de sus pies ni de rozar la piel contra el granulado de las losas.

Era su secreto.

Betzelem atravesó la cortina que daba a su habitáculo y se dispuso a tomar su baño de agua tibia. Deshizo el recogido que sostenía sus cabellos dorados y dejó caer la seda blanca que cubría su cuerpo. Después del baño, se acercó hasta el enorme ventanal que rompía una de las paredes para observar el cielo, ahora que la luz de la Llama le permitía mostrar sus más arcanos y recónditos rincones. Extasiada, contempló la negra cúpula salpicada de millones de puntitos brillantes. Llevó aire a sus pulmones en un intento por calmar esa inquietud que siempre serpenteaba bajo su piel, la insinuación de lo que podría ser, allá, en mundos lejanos. Y lo que jamás sería. Su lugar estaba allí, en el Templo. Había nacido para eso. La fantasía de lugares remotos no significaba nada. La oscuridad jamás sería la protagonista porque allí estaban, eternas, aquellas diminutas candelas prendiendo el cielo cada vez que la Llama se cubría.

Sumida en sus cavilaciones, se dejó caer sobre el lecho que presidía la habitación sin perder la gracia, pese a que estaba exhausta. Cerró los ojos y repasó mentalmente las tareas que debía acometer en unas horas.

Una suave brisa se coló a través de la ventana, sinuosa como un deseo. Betzelem suspiró sin abrir los ojos y sin darle demasiada importancia al hecho de que allí nunca movía el aire. Morfeo siempre le regalaba sutiles sensaciones que ella atesoraba en secreto. Se removió en la cama, recreándose en el roce fresco de las gasas suaves contra su piel. El colchón mullido se movió ínfimamente a su alrededor y una caricia comenzó a subir desde su tobillo, recorriendo la pierna como si las telas tuvieran dedos. Un ronroneo creció en su garganta y tuvo problemas para acallarlo cuando la caricia se dobló y fluctuó por el interior de sus muslos. Se desperezó sobre el lecho, descansando su espalda contra la superficie suave, respondiendo a la presión de una fuerza invisible.

Una lengua de fuego lamió su sexo desnudo.

Betzelem abrió los ojos de golpe y no tuvo tiempo más que para ver la sombra de la oscuridad cerniéndose sobre ella, abriéndose paso a su boca. El terror inicial se deshizo en vapor cuando la misma lengua incandescente se adentró entre sus labios, doblegando su voluntad y arrancándole gemidos que luego eran devorados. Sus manos se movieron en el intento de saber qué ocurría y se toparon con un cuerpo firme, cincelado, cubierto de piel suave que ardía contra sus palmas. Abrió los ojos y aquel ser que se había posado sobre ella se apartó unos centímetros para que pudiera verlo.

Su apariencia era humana, como la de ella. Sin embargo, sabía a ciencia cierta que aquella criatura distaba mucho de serlo. Destilaba una esencia ancestral, como la de su Ama. Su piel lampiña tenía un tono ceniciento a causa de la penumbra, pero sería tostada a la luz de la Llama. Tenía el cabello tan negro que se podría confundir con la noche, y sus ojos eran del mismo color. Profundos, sin fondo, había un universo en ellos.

La oscuridad existía.

Estaba absolutamente desnudo y el contacto de su cuerpo sobre el de ella era el placer en estado puro. Quería más y estaba prohibido. Pero aquello era un sueño… Un secreto más a sumar entre los que guardaba. El chico oscuro alzó una de sus cejas, como si le hubiera leído la mente y le hiciera gracia aquel pensamiento. Después acomodó sus caderas y entró en ella, despacio, acariciando la superficie inmaculada del interior de su sexo con el calor abrasador de su piel. Betzelem no comprendía cómo alguien de colores tan grises podía desprender aquel fuego, cómo la oscuridad, siempre tan negada, tan reprendida, podía ser tan gentil y tan… complaciente.

Luego ya no pudo pensar.

El placer se desplegó por todo su ser, abrumándolo y aturdiéndolo hasta quedar reducido a su más básica esencia, en cuanto el chico oscuro comenzó a moverse. Balanceaba sus caderas con una cadencia ondulante y ella empezó a moverse también, respondiéndole, y, aunque los párpados le pesaban, quería mantener los ojos bien abiertos. Aquella criatura oscura era un príncipe de alguno de esos remotos lugares que veía desde su ventana. Poderoso y hermoso, digno de ver. Betzelem no despegó su mirada de la negrura de aquellos ojos que empezaban a refulgir con un brillo plateado. El príncipe se incorporó hasta quedar de rodillas en la cama y siguió moviéndose entre sus piernas. Parecía conocer cada pensamiento que cruzaba por su mente y se anticipaba a deseos que ella ni siquiera había formulado aún. Después surgió de él un sonido, el primero desde que había llegado. Una reverberación aguda y baja, apenas audible, y echó la cabeza hacia atrás, moviéndose más y más rápido.

Betzelem observó maravillada cómo desde su espalda se desplegaban dos magníficas alas negras, tan enormes que rozaban con sus puntas las paredes opuestas de la habitación.

Quería tocarlas. Quería sentir todo de este fastuoso Príncipe Oscuro que le había abierto las compuertas sensoriales antes de que se desvaneciera. Sus manos se movieron, absorbiendo calor y suavidad, engatusadas por las sensaciones que empezaban a desbocarse entre sus muslos. Un gemido escapó de sus labios pese a su esfuerzo por contenerlo y el Príncipe la miró. Sus ojos desprendían la luz de las estrellas, un brillo turbador,  y entonces se sacudió, colmándola de un placer desconocido. La luz se intensificó hasta cegarla por completo y entonces todo desapareció.

Betzelem cayó en el sueño más reparador que hubiera tenido jamás y cuando despertó, sintió un pellizco sutil de decepción.

Ahí estaba su vida. Levantarse, asearse y cepillar su dorado cabello, cubrirse de seda blanca, desnudar la Llama y asistir a su Señora.

Se dispuso, solícita como siempre, a realizar sus tareas, pero al poner un pie en el suelo, una pluma oscura cayó desde el lecho.

Absorta, la sostuvo ante sus ojos. No había forma de ocultar algo así en aquel lugar.

Extasiada, se preparó para lo que vendría.

Descendería a la Tierra. Allí seguro que encontraría la Oscuridad.

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