¿Escribes homoerótica? ¡Qué fueeerrrrte, tía!

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Se define como homoerotismo a cualquier manifestación cultural que expresa el amor sensual entre personas del mismo sexo. Esta manifestación es generalmente explícita, mas no pornográfica. Es difícil trazar una frontera inequívoca entre erotismo y pornografía, ya que siempre existirán diversas interpretaciones y criterios; sin embargo al hablar de homoerotismo nos basamos en la parte emocional asociada al erotismo, que busca despertar el deseo sexual y a la vez convierte una descripción explícita en algo romántico, muchas veces profundizando más en los sentimientos que en los detalles específicos del acto.

Fuente: Wikipedia

¡Pues sí! Orgullosa me levanto de la silla para proclamar que escribo homoerótica. Y, al parecer, no se me da del todo mal, teniendo en cuenta los resultados obtenidos. Pero, lo haga bien o mal, la gente me mira raro. Y no es que me importe, pero a veces los fruncimientos de nariz incomodan un poco. Yo sé lo que piensan cuando descubren que escribo este tipo de novelas: que me pone ver a dos tíos juntos y que veo mucho porno gay. No niego lo primero, pero lo segundo ni siquiera me interesa. Y tampoco escribo relaciones entre chicos porque me ponga, sencillamente me resulta más fácil crear personajes masculinos que femeninos y, al final, se trata de hablar de sentimientos, de emociones humanas, independientemente del sexo de mis personajes.

Nunca he ocultado a mis conocidos y allegados que escribo este tipo de historias (obviamente, no escribo solamente homoerótica) porque no es algo que me importe que se sepa (a pesar de las narices arrugadas y una ligera incomodidad de cuando en cuando). Reconozco, sin embargo, que las mujeres aceptan mucho mejor este tipo de literatura, porque los hombres se niegan a leer este tipo de historias (¿temor a que su masculinidad sea puesta en entredicho?) . Excepto mi hermano. Él se ha leído mis historias y se ha quedado tan ancho. La emoción de ver que su hermana publica, ya veis. Amor de hermanos, esa cosa tan extraña que hace que él me lea y yo haya aprendido cómo se preparan las placas en electrónica para su posterior utilización en cosas como el aire acondicionado, robots, etc. Aunque confieso que mis momentos de mayor incomodidad con ataque de pudor cual virginal doncella vinieron de la mano de mi madre, que no contenta con leer Secret Life, se leyó también mis relatos. Su comentario fue: «escribes bien, pero hay mucho sexo». Y todos saben que en mis novelas el sexo está presente, pero que escenas explícitas más bien pocas. Y menos mal que no se ha leído la serie Cattle Valley de Carol Lynne porque ahí historia poca, pero genitales y anos retratados al detalle, muchos. Incluso tríos con el débil del grupo como sumiso. Porno puro según yo, erótica según otros. Las tres primeras novelas me parecieron curiosas, luego ya me harté. Busqué otras historias pero seguían los mismos esquemas y dejé de leer homoerótica. Aunque entre tanto pene con gruesas venas y otras cosas que no voy a mencionar, he encontrado alguna novela buena en la que el sexo no es lo único importante, sino que hay una buena trama e incluso romance. Supongo — no estoy muy puesta en el tema — que el esquema de las novelas homoeróticas y las eróticas hetero son muy similares. Lo mismo sucede con el romance, por eso llega un momento en que todas  me parecen iguales.

Me gusta escribir homoerótica. Me encanta. Me da una libertad que no siento cuando escribo una historia entre personas de distinto sexo, pero me resulta muy difícil explicarlo. Porque a ver, tengo infinidad de dificultades para crear un buen personaje femenino. No sé si son mis horas y horas de dramas asiáticos en los que las tías son más memas que memas (en general, que hay maravillosas excepciones) o que tengo algún trauma no resuelto con mi género, porque por más que intento crear personajes femeninos consistentes, acaban convirtiéndose en unas pánfilas de cuidado que, en los momentos más importantes, tienden a depender del machote de turno. He intentado cambiarlas, reescribir lo ya escrito, pero no las saco del papel de pánfilas. Eso es grave, pero más grave sería que pasasen de pánfilas a estibadoras portuarias. No sé, no me veo yo escribiendo apasionadas historias de amor entre hombres y mujeres. Sin embargo, cuando tomo como referencia a dos hombres, la cosa cambia. La historia fluye cual río Miño en plena crecida (hay que ser de Lugo para entenderlo o haber visto al Miño cuando llega a la carretera y tú sonríes admirada y dices: «Este Miño…»). Pero muchos de los que no escriben no son capaces de entenderlo. Me preguntan cómo es posible eso si yo soy mujer y les contesto que ese es el problema: que soy mujer. No me preguntéis, porque ni yo misma lo entiendo.

Hace un par de años una chica descubrió, a través de un amigo en común, que escribo historias de chicos. Cuando por fin aprendió que la palabra que definía el tipo de novelas que escribo habitualmente es homoerótica, me miró con los ojos como platos y, con las manos en las mejillas cual actriz de telenovela, exclamó:

— ¿Escribes homoerótica? ¡Pero qué fueeerrrte, tía! ¿Es que te ponen cachonda dos tíos juntos o qué?

Creo que se me quedó cara de lela e incluso tardé unos minutos en contestar. No recuerdo qué dije, sólo recuerdo que fue una de esas respuestas que se da a los idiotas a los que ya das por perdidos. Mi madre solía decirme que no lo dijese porque la gente es estúpida y yo le contesté que, si lo ocultaba, ¿cómo iban a entender que, para mí, no hay diferencias entre heterosexuales y homosexuales, que esas etiquetas me parecen obsoletas y absurdas? Personas que se aman, que se desean, que discuten, que hacen las paces. Exactamente eso son mis personajes. Ni hombres con hombres, ni mujeres con mujeres, ni hombres con mujeres. Personas.

Afortunadamente, entre los lectores de romántica y erótica esto parece no importar demasiado, ya que una editorial de renombre va a publicar mis novelas. Y yo que me alegro. ¿Por mí? No. Me alegro porque por fin hay un lugar en las buenas editoriales para historias que van más allá del amor tradicional. Ahora sólo falta verlas en las estanterías de los grandes almacenes junto a las demás.

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